Caer en la tentación
(Por Osvaldo Bazán)
Estas contratapas son una tentación. Cada tanto algún chabón chamuye al cuete sacudiendo el firulete generacional: vagas apreciaciones del conjunto, mambos propios convertidos en colectivos, expiación de culpas propias a través de males ajenos; en fin, que no creo poder llegar hasta el final sin caer en todos los pecados del egocentrismo.
Es probable que esto haya sido siempre así, pero me pasa que es la primera vez que cuando miro el techo veo los treinta y no estoy dispuesto a dejar que la alegría sea sólo brasilera. Charly, jusamente, decía que el rock argentino tenía eso de “bueno, pibe, llegaste a los 35, ponete la corbata y dejate de joder”.
El rock y todos.
Después de la debacle, cunado hubo que reacomodar las cartas, contemplamos sorprendidos que, con un poco de suerte, algunos de nosotros quizás entremos en el porcentaje de salvados, el porcentaje de argentinos que no deberá esperar la caja de leche en polvo Jorgiano para mantenerse. Quedaríamos, claro, en un delgado hilo, mirando con horror para abajo y para arriba. Y, aferrados a ese naufragio, muchos cierran los ojos y dicen que así sea. Los que estamos por llegar a los treinta y nos prometimos alguna vez un futuro distinto y mejor para todos ¿nos animamos hoy a preguntarnos si de verdad no aceptamos ya la lógica del amo?
Miramos a los de 15 como simonkis. Nos reímos de cómo dan vueltas sabiéndose el centro del mundo, nos reímos de cómo se muerden la cola con gestos de autosuficiencia, nos reímos de Guns N’Roses y de Attaque 77. Pero lo que en ellos es comedia, en nosotros es tragedia
Miramos a los de 45 como el marlo desgranado de un maíz híbrido. Nos reímos de cómo aseguran que el mundo terminó con ello, nos reímos de cómo se muerden la cola con gesto de autosuficiencia., nos reímos de Yes de Quilapayún. Pero lo que en ellos es ternura, en nosotros es cinismo.
Somos cínicos por obvios, llegamos a la indiferencia por el camino de la superficialidad. Y ahora ¿cómo salir? Es cierto que ya no hay revoluciones a mano, es cierto que en los alambiques de los ’90 se destila el líquido turbio de la resignación. Pero parece que nos sacamos un peso de encima: “Ya no hace falta ya ir a la villa ¡menos mal! Al mundo lo cambiaron otros antes que yo, y lo cambiaron para peor así que ¡chapó!¡a gozar!”…¿esto era?
Es cierto que no encontramos cómo decir no. Es cierto que no sabremos con quién juntarnos, dónde, cuando. Es cierto que la respuesta debiera ser política y política es un juego que ya no se juega. Pero parece que la indiferencia colectiva nos exculpa. ¿No somos más cómodos de lo que asegurábamos?
Y conste que no se habla acá de los que en los ’60 construían un lugar brillante levantando los adoquines para asegurar que abajo estaba la playa. Conste que no se habla acá de los que en los ’70 levantaron las antorchas de la utopía para terminar acusados de encender hogueras. Se habla nada más que de los que en los ’80 creíamos con Fito que “el banquete está listo, llamemos a todos los hombres”.
No parece demasiado grave haberse enamorado del compact, de la computadora, de la tevé por cable. Pero sería bueno saber si estamos dispuesto a abandonarlo todo de golpe por un sueño nos muerda el corazón, el cerebro o las ingles. Sería bueno saber que, bailando en una fiesta que asegurábamos ajena, seríamos capaces de cambiar la música y pelearnos con el de la puerta, para que deje entrar a todos.
Ya ni siquiera somos promiscuos. Todos usan coleta, pero nadie se deja. El cuerpo -lo dice gente más importante que el chabón éste del firulete- es más importante que el goce del cuerpo. Buena mercadería para que se eche a perder. En los gimnasios los músculos se miran y no se tocan. En la vida, más vale polvo seguro que ciento volando. Usamos preservativos en todas las relaciones humanas. Nos ponemos el foro no sólo por la ocasional visita del dormitorio. También lo usamos con nuestros padres, nuestros amigos, nuestros anunciantes, nuestros favorecedores, y más aún con nuestros enemigos. Nos pasaron por arriba y fuimos tan educados que ni dijimos “¡ay!” por no molestar. No vaya a ser cosa. Hemos llegado a decir con orgullo que nunca bajaríamos un pedazo de hierro en el cogote de ninguna profesora.
Nos permitimos, eso sí, hacer chistes con nuestra entrada al Primer Mundo. Pero hacemos la raspadita a ver si en una de ésas podemos entrar individualmente y por quince días pisar las baldosas del mundo desarrollado, para contarlo después, una noche en casa de amigos, antes de “Función privada” (el colmo de la diversión)
No hay polvos. No hay herramientas colectivas. No hay sueños compartidos. No hay más que unas cuántas luces de neón en el nuevo Shopping, una revista española de diseño y una historia de gel, minis negras y tacones lejanos. También queda la pobreza, claro.
Hoy, que Mariano Grondona es la cara del periodismo democrático y responsable; hoy, que Susana Giménez se disfraza de justicia; hoy que Mirtha está tan cambiada…¿qué hacemos nosotros, los que llegamos a los treinta a fuerza de marchar contra casi todo lo que ya fue decretado? Por ahora intentamos convencernos de que estamos derrotados pero no vencidos. ¿Cuánto durara? La lógico del amo es fuerte. Y no somos más que un puñado de borrachos que, muy íntimamente, sabe que no hay otro tiempo más que el que te ha tocado.
Tirste, pero por algo estamos tomando otra ginebra.


Acabo de leer tu nota, super super super. Me encanta lo que escribis y cómo lo decis. Beso!