Peteco Carabajal. 24/1/95

Escrito por osvaldo el dia ene 24, 1995 en Notas Periodisticas, Rosario 12 Pagina 12 |

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Peteco Carabajal, o de cómo el folklore es música de los 90

El Santiagueño, junto a su familia, mostró una vez más su carácter de figura principal del folklore argentino. El ciclo del Anfiteatro es pasión de multitudes: el sábado se juntaron 5000 personas. En el próximo estará el nuevamente tanguero Guillermo Fernández.

Anfiteatro Humberto de Nito. Rosario. Santa Fe

Anfiteatro Humberto de Nito. Rosario. Santa Fe

(Por Osvaldo Bazán) Swing. Peteco tiene swing. Ese nervio contagiante, eso que para simplificar se conoce como “onda” –auque la palabra tenga tan poca onda- que tantos rockeros se mueren por conseguir y apenas les responde, eso es lo que Peteco Carabajal –el joven más ilustre de la dinastía más musical del país- desparrama generosamente, redescubriendo para el folklore argentino un espacio cada vez más grande en el gusto de las nuevas generaciones. “No, a mí mucho el folklore no me gusta, pero a Peteco no me lo pierdo nunca”, decía una morocha que apenas llegaba a los veinte, intentando colgarse de un árbol para poder ver algo.

La convocatoria excedió la capacidad del Anfiteatro. No estaría de más ponerse a pensar en una remodelación del lugar, habida cuenta del éxito de este ciclo. De haber sido un teatro, deberían haber colgado el cartelito de “no hay más localidades” mucho antes de las 21.30, hora para la que estaba anunciado el show. Como lo del cartelito era imposible, la gente que iba llegando intentaba –como podía, claro- acomodarse en algún lugar de las barrancas (las gradas ya estaban cubiertas antes de las 21) y aún a riesgos de luxaciones y golpes varios, que no los hubo, porque otra de las características del ciclo es la buena predisposición general de los asistentes. Esta buena predisposición alcanza también a los artistas invitados que aquí, más que en cualquier otro lugar, son aplaudidos y ovaciones. Quizás también tiene que ver la acertada decisión de que cada artista invitado actúe por sólo por poco más de 20 minutos, lo que impide caer en el tedio y la ansiedad que provoca la espera del artista principal. Otro mérito es la rapidez que hay entre número y número (no pasan más de cinco minutos entre la última canción de un artista y la primera del siguiente) y la rotación de los animadores. En esta tercera noche, la encargada de la presentación fue Susana Tealdi, con intervenciones medidas y simpáticas.

En cuanto a los números invitados, Los Iana con sus formaciones clásicas, pasaron por un repertorio conocido y convocante y fundamentalmente Marisa Palacios (quien después de un emotivo “Sabalero” uruguayo tuvo que volver , a pedido del público, para despedirse con el ganchero “Ahora Coraje” de Víctor Heredia) dieron el marco necesario para el plato principal. Con pocas presentaciones, Peteco apareció con toda su familia y el agregado esta vez sí, de Mariana Abalos (sugerente minifalda negra) en teclados. Primero fueron los temas de Encuentro su CD del ’92, después vino la presentación –incompleta- de Memoria de amor, su último disco, de donde sobresalieron esos dos homenajes de antología que son “La estrella del pueblo”, una de las mejores canciones que se le hayan dedicado a Eva Perón y “Atahualpa” sin duda el tema más jugado del último disco, aquél en el que Peteco estira los límites del folklore hasta hacerlo tan contemporáneo que abruma. Después –cuando ya alguien del público había gritado, a las 11 de la noche, “¡Apurate, que se me hace tarde para dormir la siesta”- vinieron los grandes clásicos “a pedido” y no faltaron ninguno de los temas que la familia Carabajal inscribió prolijamente entre las mejores canciones del país de los últimos años. Peteco tiene swing, es innegable.

Bejáin de sín
Noches de calor en Rosario. El Anfiteatro, en el Parque Urquiza, es un gran lugar para la salida del verano. De esa noche recuerdo que efectivamente había mucha gente en las barrancas y el show, largo, mostró a toda la familia cantando y bailando. Y abajo pasó lo mismo. Supongo que después nos fuimos a comer una de esas picadas de milanesas y papas fritas del bar del Anfiteatro. La felicidad.

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