Por Osvaldo Bazán
Buscaban desesperados por los muelles. Siempre conseguían algún marinero complaciente que accediese a venderles los discos de pasta de swing. Bluebird, Parlophone, Columbia, fueron las primeras palabras en inglés que aprendieron. Eran swing kids, alemancitos con el nazismo encima que sólo pensaban que “no significaba nada si no tiene este swing”, la década del treinta terminaba. Uno de ellos, Arvid, el renguito, había conseguido de la casa francesa Pathé-Marconi la mayoría de los discos de Django Reinhardt. Quería tocar así. Quería tener ese swing. Sabían muy bien que los discos de Benny Goodman venían escondidos bajo la etiqueta de alguna sinfonía de Mozart. Esta prohibido. Era judío. Al Duke Ellington no lo censuraron, los nazis deben haber creído que era un aristócrata. Nunca sospecharon que era negro.
Peter Muller no quería tocar ningún instrumento. El recuerdo de su padre, uno de los mejores violinstas de entre guerras, muerto a palos por cuestionar la expulsión de profesores judíos de la universidad, estaba demasiado fresco. Peter quería bailar swing en el Bismarck. Quería usar el pelo largo y silbar aquello de “no significa nada si no tiene este swing”. Thomas Berger también bailaba bien y había encontrado en el swing la alegría que la época no le regalaba en ningún otro lado. Eran chicos swing que buscaban una chica swing, y se divertían en el cuarto de Arvid, tapándose los ojos con un pañuelo y adivinando qué canción era esa que salía del gramófono. Eran chicos swing que se peleaban en las esquinas contra los Hitler Juguend, los pibes de las juventudes hitlerianas. Claro que las cosas no estaban tan claras. Muchos swing kids habían tenido que entrar en las HJ como única forma de superviviencia, pero un chico swing siempre se reconoce. La contraseña era siblar aquello de “no significa nada si no tiene este swing”. Santo y seña para saber que, a pesar de la svástica en el brazo, Benny Goodman era más importante. Peter y Thomas tuvieron que entrar a las HJ. La idea de Thomas era “HJ de mañana, siwng kids de noche”. De día, veían una y otra vez las películas que contaban las hazañas del Führer y el peligro judío; de noche daban saltos en el Bismarck, hasta que caía una patrulla HJ y la banda simulaba tocar valses alemanes, canciones de las que levantan la moral patriótica, polcas llenas de chucrut.
La farsa duró lo que duró la peste en entrar en los huesos de Thomas. Arvid, tullido, bailando por la calle con su nuevo disco de Goodman, tropieza con una pandilla JH. Lo reconocen como el rengo que quiere ser Django Reinhardt. Le pisan los dedos de la mano y se lo aseguran: “Ya nunca podrás ser como él”. Thomas casi piensa que se lo merece. La peste no perdona, no pregunta, no se detiene. Los tres amigos, antes casi el mismo para escuchar a Goodman, toman caminos distintos. Arvid es humillado, tullido despreciable que quiere ser Reinhardt. Thomas, ganado por la causa nazi, no tarda en ubicarse del lado de los ganadores. Peter intenta la dignidad y ya no sabe dónde está parado. No entienden qué está pasando pero no se anima a silbarse ya aquello de “no significa nada si no tiene este swing”.
Todo esto pasó en un apelícua que acá se llamó Los últimos rebeldes y que ahora por suerte se consigue en video. El film es eso: el choque ente la dignidad de los que enfrentan la peste en nombre del swing y la hipocresía de los que creen que pueden disfrazarse con ropas del enemigo y seguir siendo swing kids. La raya está bien marcada, los terrenos están bien delimitados. Y no está mal pensarlo así. Acá mismo, el padre de la patria, Discépolo, ya lo había visto. El cambalache favorece el cinismo. La superficialidad es su mejor aliciente. A los cínicos les encanta que los malos hagan buenas obras, que los santos tengan manchas; cuando más tembloroso el piso, más fácil echar la culpa de las caídas a los demás, a la época, al universo. Cayeron las verdades, entonces no hay de dónde agarrarse y el cinismo festeja que en el mismo lodo estemos todos pisoteados. Por eso Los últimos rebeldes es importante. Hace mucho que no aparecía una película que empujara tan claramente a las definiciones. En épocas de ambigüedad iedológica, ahora que todos somos desprejuiciados y como dicen Los Auténticos Decantes “ya todo me da igual”, no está nada mal recordar que no se puede ser Hitler Juguend de día y swing kids de noche. El nazi es siempre nazi y no es cuestión de grados. El enemigo es demasiado grande, demasiado fuerte, demasiado seductor. La peste entra ahora en cuotas; en electrodomésticos maravillosos que no son mejore que las cosas que todos pensábamos hace algún tiempo. El swing está en otra parte.
Ya todos aprendimos -dolorosamente- que las películas no cambian la hisotria. Los últimos rebeles no es una excepción, claro. Pero quizás después de verla te den ganas de silbar “no signfica nada si no tiene este swing”. Y vas a ver que es cierto Todavía no todo da igual.
Bijáin de sín
Los sábados escribía las contratapas de Rosario/12. Tuve el orgullo de que las contratapas estaban ilustradas por Chachi Verona. Había visto la película Swing Kids (Los últimos rebeldes) y me había impactado mucho, sumado al hecho de ver que la gente seguía votando al menemismo. La lectura, vi después, podía exceder al menemismo.
Yapa
El trailer de la película

