Es palabra de Suar
Con un patrón de calidad superior a la media de la televisión argentina, la miniserie de Pol-ka no logra convencer con su trama. Por Osvaldo Bazán
La virtud de Comodines es el defecto de Por el nombre de Dios: no se puede creer. Y no es por el uso del elemento fantástico, un invitado infrecuente de la televisión nacional. Cuando una historia transcurre por un carril no realista, debe aferrarse con toda la fuerza a su propia lógica. Es lo que hizo creíble El garante, antecedente ineludible de este trabajo. Porque si no es ése el camino, lo fanático invita con rapidez al atajo de lo bizarro. Y termina siendo el gancho, justamente, que no se pueda creer (como El Pulpo Negro de Narciso Ibáñez Menta, donde lo descabellado era el tono).
Lo real
Por el nombre de Dios se propone, como un producto serio, invita al espectador a entrar en una lógica. Y el espectador está dispuesto a creerla si no se contradice. Se puede aceptar que alguien como Ariana (Carina Zampini traspase 400 años) por haber bebido una pócima mágica. Lo que no se puede creer es que, trasplantada de la campiña europea de la Edad Media a la Buenos Aires actual, nada la sorprenda. Con naturalidad sube a los coches, entiende que se hable por celulares, sabe leer uno de esos aparatos médicos que avisan que alguien está vivo y cuando le proponen bailar, no levanta los brazos como para una danza medieval. Abraza a quien la invita y no se asombra de que de un tocadiscos salga música. Un poco más, va y elige un disco. Esos detalles hacen un ruido innecesario en la historia. Pero hay peores: ¡qué es esa organización que ayuda al inquisidor De la Serna (Alfredo Alcón)?¿Es el mal como un ente supremo? En uno de los primeros capítulos, cuando Manuel (Aldo Braga) le explicaba en una mansión a su hijo adoptivo Pablo (Adrián Suar) la situación, se escuchan los golpes que Ariana daba a metros de allí, en un galpón. Oído biónico, que le dicen. Eso no es fantástico, es desprolijo.
Un programa vistoso
Para colmo, llegaron los efectos especiales, chiches demasiado lindos como para ponerlos en manos de la productora de Comodines y Poliladron. Hay regocijo en mostrar efectos que agregan poco en términos dramáticos pero son vistosos. Y ése es un problema de Por el nombre de Dios. Es demasiado vistoso, y eso lo banaliza. Evidentemente, es una decisión de la producción que el asunto místico sea solo un barniz (sin el tema de Dios, la historia se podría contar como Terminator 2). Hay, por supuesto, aciertos formales: un patrón de calidad que es marca de Pol-ka, la actuación enorme de Alfredo Alcón (quizás sea su gran papel televisivo), hallazgos de locaciones (la casa de De la Serna, por ejemplo), el logo de la organización en todas partes, la suma de actores de distinta extracción (es un placer ver a Pompeyo Audivert o a Carlos Portaluppi en el papel del abogado), la forma en que se va a los cortes, con un dibujo que sintetiza el bloque, la música, etcétera. Pero hay déficit actoral en Zampini/Suar muy difícil de sobrellevar y varios cabos sueltos que confirman que Pol-ka se maneja mejor –mucho mejor- en el costumbrismo que en lo fantástico. Al menos, por ahora. Habrá que esperar 400 años.


