Gente como uno.
La cámara de televisión fue sustituida por un microscopio. Su lente muestra los pliegues ocultos de una sociedad enferma.
Por Osvaldo Bazán.
En el comienzo de Verdad/consecuencia gran parte de la platea se vio identificada: eran chicos cercanos a los 30, más o menos comunes, que iban teniendo cada vez, problemas mayores. Como la época, ellos también se fueron enrareciendo: corruptos, drogadictos, promiscuos, traidores. La buena conciencia de los espectadores bramó: “¡Ya no son tan reales, ya no son como yo” Fue tranquilizador dejar de identificarse. Aunque siempre quedase alguna duda.
Vulnerables, inevitable sucesor de aquel programa, hace el camino inverso. Y resulta mucho más inquietante. En la primera emisión quedaba claro: ellos –los de allá, de la pantalla- tenían conflictos que no eran como los nuestros –los de acá de la pantalla- Veamos sus problemas que son televisivos y listo”, podría pensarse. El espectador sabía que esos personajes que se juntaban en la terapia de grupo eran raros, no eran como él. Una chica que se orina, un gordito de barrio que quiere pero no se le anima al sexo con travestis, un tarambana dominado por su novia policía, un cocainómano familiar (su padre le pide “frula”), una chica que no soporta los domingos, otra que no puede parar de seducir, y un psiquiatra, obvio, peor que todos ellos juntos.
Pero Vulnerables, a casi dos meses en pantallas, ha desnudado sus verdadera naturaleza. Perversa, claro: no son tan raros. Esos siete personajes son casi…como todos.
El microscopio.
Quizá sea uno de esos cambios técnicos con los que la productora Pol-ka ha acostumbrado a sus espectadores. Lo cierto es que Vulnerables no parece hecho con una cámara de televisión. La cercanía, el detalle de los pliegues, la proximidad con los objetos televisados hablan del uso de un microscopio puesto sobre esos pobres tipos a los que se desnudan, semana a semana, para millones de personas. Y claro, como dijo Caetano Veloso, “Visto de cerca, nadie es normal”. Eso es lo que muestra Vulnerables: la enfermedad de los gestos cotidianos. Suena ambicioso.
Regalo
Acá va la apertura del programa, con la canción de Javier Calamaro.


