No a la autoridad
(Por Osvaldo Bazán)
¿Cuál es el lugar que el mercado (el poder) le tiene preparado a los artistas? Diseñadores de la moda del imperio, cuenta ganado en la puerta de un teatro, bufones de un rey cada vez más ignorante, simpáticos charlatanes de la feria de las vanidades, payasos multinacionales, seguidores impertérritos de una beca salvadora, mendigos ansiosos de un subsidio estatal o privado.
Los Redonditos, simplemente, no lo aceptan. No lo aceptaron nunca. Esa es su ideología.
Obvia a las corporaciones, prescinden del mundo mediático, subvierten el lenguaje estirando sus márgenes, se le ríen al mercado mientras se hacen millonarios. Quienes los siguen, lo saben. Los Redondos intentan imponer reglas propias en un mundo ya reglamentado. Dicen “no” donde sólo se esperan un “sí”. Si lo hacen por convicción o conveniencia sólo ellos lo saben. La cierto es que suena a provocación inaceptable. Hacer que cientos de miles de jóvenes compartan premisas tales como “el lujo es vulgaridad” o “si esta cárcel sigue así/todo preso es político”, parece que no es gratis. Mostrar que se pueden cumplir los sueños propios sin ser genuflexos, merece ser castigado.
Claro que los Redondos ya lo avisaron. “esos chicos son como bombas pequeñitas”, dijeron en “Ji, Ji,Ji”, cuando todavía el país podía hacerse el distraído. Las puntas desprolijas del discurso Ricotero no se comprimen al espacio previsto del mercado, no coinciden con lo que se espera del “entretenimiento juvenil”.
Los recitales de los Redondos ponen en acción la tensión del ambiente, entre quienes descreen de los valores consagrados por la autoridad y quienes tienen que defenderlos. Es quizás el único lugar en donde eso ocurre. Y por ahora, parece que ambos bandos sólo saben superar la tensión con violencia. Aunque las esquirlas se llamen Walter Bulacio.
