Tolkien. 2/1/2003

Escrito por osvaldo el dia ene 2, 2003 en Notas Periodisticas, Veintitres |

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Un periodista adicto a Tolkien

“Soy uno de esos enfermos”

(Por Osvaldo Bazán)

Bueno, cada cual con su enfermedad. No hay película, libro, programa de tevé, que me resulta indiferente, que no me dispare hacia el patinoso rumbo de la crítica y los tomates. Soy de los que después de ver una peli necesitan el café y la charla, el análisis sobre lo visto y lo no visto. Así esté viendo Había una vez un circo, de Enrique Carreras, enseguida me pongo a pensar qué quisieron decir con la aparición brusca de un circo en la vida de ese millonario insulso que hace Jorge Barreiro. Busco interpretaciones, pido ayuda a la psicología, ubico el contexto histórico de la peli, averiguo relaciones entre los protagonistas. No puedo quedarme tranquilo. Si hasta es basura, si Grondona arremete con su doble discurso, me estoy convirtiendo en un “opinator”. Si “Tumberos” es una genialidad o un disparate, si Mirtha Legrand asegura que la televisión actual…siempre tengo algo para decir. Y lo que es peor, lo digo. Lo cual me convierte en un plomo sistemático, claro, pero cada cual con su cruz. Algunos, por ejemplo, son menemistas, que es bastante peor.

Pero hay una excepción. Hay una vez en la vida en la que le hago caso a Fernando Pessoa, cuando anunciaba en El Misterio de las cosas que “el único sentido oculto de las cosas, es que no tienen ningún sentido oculto…Las cosas no tienen significación, tienen existencia. Las cosas son el único sentido oculto de las cosas”. Me ocurre desde hace años (uy, 21 años) cuando cayó en mis manos El Señor de los Anillos. Nunca pude, quise ni supe buscarle ninguna interpretación. No se necesitan. Al menos para mí, pocas veces el placer se presenta así, brutalmente, como en los tres tomos que releo todos los años impares, desde el ’81. No quiero creer en nada más que en lo que Tolkien escribió. Me importa nada que algunos hayan visto un panfleto racista porque, siendo este buen hombre sudafricano, en toda su zaga “el mal” es oscuro y “el bien”, blanco (además, no es cierto, no hay que olvidar que el gran traidor es Saruman, el Blanco). No entiendo por qué algunos ven una metáfora de las grandes guerras mundiales. Alguna vez asistí a una charla en donde contaban que, en realidad, de lo que Tolkien habla es del fin de la inocencia. Así, Frodo Bolsón, con ese encargo molesto que le han dado de ir y destruir el anillo en el propio fuego forjador de Mordor, no haría otra cosa que asumir que hasta que no se destruye la magia, no hay vida real posible. Me fui antes de la mitad. ¿Qué me importan las motivaciones profundas, si lo que hay que hacer es destruir el anillo? No hay nada más importante para la Tierra Media que destruir el anillo, todo lo demás es secundario, ¡cómo vas a perder el tiempo con interpretaciones cuando tenés un ejército de orcos y hasta un balrog pisándote los talones? El Señor de los Anillos me suspende la incredulidad. Plantea un juego desde el comienzo y si entrás no querés salir. Encontrarte en cualquier rincón del planeta con otro fanático es una experiencia religiosa. Es un hermano con quien odiar juntos a Saurón. Y nada une más que el odio. No tiene que ver con literatura, o en todo caso, no tiene que ver sólo con la literatura.  Hemos leído muchos libros, muchos peores y muchos mejores que los de Tolkien. Es otra cosa, inexplicable para quienes Tom Bombadil, las Minas de Moira o Ellla-Laraña no dicen nada. El Señor de los Anillos suspende la crítica y el análisis. Entra y arrasa con cualquier presupuesto. A mí, como a millones de personas en el mundo, me pasó y lo sigo agradeciendo. En tanto virus que entra en el organismo, no me parece mal ser llamado “Enfermo del Señor de los Anillos”. Bendita sea mi enfermedad. Y apuremos el brindis que empieza un año impar que viene con premio: la peli. Ya tenemos dónde pasar las tardes de enero. Y febrero.

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