Alfredo Alcón. 32/07/03

Escrito por osvaldo el dia jul 31, 2003 en Notas Periodisticas, Novedades, Veintitres |

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Veintitrés. N°264. 31 de Julio de 2003

 

El actor más prestigioso del país

Alcón, Alcón, qué grande sos.

Hasta pensó en suicidarse ante las primeras y demoledoras críticas. Se reían de él en las clases de teatro. Aceptó el primer protagónico en TV muerto de miedo. Increíble pero real, así es la historia del actor más respetado de la Argentina. El que ganó todos los premios, el que hizo los personajes más deseados, el que está en un disco de Piazzollay en otro de Charly, el que actuó con todos…o casi: le quedó la deuda de Olmedo. Alfredo Alcón repasa su vida

 

Foto: Fernando Dvoskin

(Por Osvaldo Bazán)

El crítico no fue contemplativo con los pininos del muchacho carilindo que había cometido la osadía de actuar en el teatro Odeón junto a “la señora del gesto, María Rosa Gallo”. Después del inventario de halagos a “la dama de la actuación”, fue parco con el debutante: “Alfredo Alcón no convence”, decretó. ¡Para qué! El muchacho no iba a soportar la vergüenza de no convencer. Desesperado corrió desde el teatro hasta el río, decidió tirarse y ahogarse.

Pero no se tiró. No tuvo coraje. Le encantaba el gesto teatral de colgarle su decisión fatal a la conciencia del crítico. Seguro que a último momento pensó que los críticos no tienen problemas de conciencia y se percató de lo inútil de su acción. Pero que llegó al río con la intención de tirarse, llegó. No era el primero que le decía que no podía actuar. En realidad, era un crítico bastante poco original. En la Escuela Nacional de Arte Dramático estaban convencidos de que Alcón no convencía. Si hasta lo hacían pasar al escenario para reírse de lo malo que era. Sus compañeras no querían formar pareja con él. Es que el muchacho no podía parar de reír viendo a sus compañeras, las del café con leche y la ensaimada cotidiana, desgarradas al grito de: “¡Oh, dioses del Olimpo!”. El pibe se reía, pero no estaba permitido reírse en las clases de Cunill Cabanillas. Así actuaba un desmayo, para que no le pusieran más amonestaciones. Y ahí sí, convencía. Todos creían que se habían desmayado.

“Ni miraba a los ojos, era de una inseguridad y una timidez muy grande”, dice ahora Alfredo Alcón a Veintitrés en el lugar en el que tarde o temprano van a poner su estatua, en el San Martín.

Leía el boletín del Mercado de Hacienda, eso del ganado en pie que entra a Liniers. Era su primer trabajo pago en Radio Nacional. No lo apasionaba, pero le servía para cada tanto hacer unos papelitos en los radioteatros de “Las dos carátulas”, tener un sueldito fijo y listo. No quería más en la vida. Por eso, cuando José Cibrián, que en ese entonces protagonizaba uno de los primeros programas de televisión y que escuchaba el radioteatro buscando nuevos actores, le mandó un guión invitándolo a hacer un papel en su programa, Alcón desistió. Que lo dejaran con los novillos y los terneros que entran mansos al mercado. Cibrián insistió. Creía que el muchacho no aceptaba porque los papeles eran pequeños. Entonces buscó una obra en la que el protagonista fuera un joven: le mandó a Alcón el libreto. Le proponía nada menos que debutar en televisión con un protagónico. Y el muchacho, sin embargo, no respondió. Entonces Cibrián fue hasta Radio Nacional a ver qué pasaba. Buscó por todo el edificio. No lo encontró. El pibe había desaparecido. De no haber sido por los compañeros del muchacho que le indicaron dónde estaba, se habría retirado con las manos vacías. Pero le avisaron. Y Cibrián encontró a Alcón, escondido, muerto de miedo, atrás del piano del estudio B. No tuvo más remedio que debutar en televisión, en un protagónico.

Veintitrés. Abril 2003. Pág. 1. Alfredo Alcón

Llega al San Martín y en la sala de prensa están esperando para mostrarle una nota que sobre él publicó el diario La Razón. El título habla algo de un monstruo de la actuación. En la foto, Alcón aparece, efectivamente, monstruoso. “No hacía falta que fueran tan literales con la foto. No me la hubieras mostrado”, ríe.

En horas más subirá al escenario para convertirse en Mr. Jay, un autor teatral, una especie de Dios chambón al que la Biblia le sale mal, protagonista de Las Variaciones Goldberg, de George Tabori. Después, en Durmiendo con mi jefe, por Canal 13, será el encargado de admitir o no en el limbo a Tzisca, el personaje de Guillermo Francella. La charla comienza entonces por temas religiosos:

-Dios es un misterio. Un misterio que a veces me parece que no es nada, que es una necesidad mía. Uno tiene una necesidad de que todo tenga un dibujo, un orden. Y entonces, qué mejor que inventar un ser que le da un sentido, un orden a lo que visto con los ojos humanos no es tan ordenado ni tan fácil de descifrar.

-¿El ojo humano soporta a un Dios caótico?

-Si no lo soporta, piensa que no existe.

Y cuenta entonces una historia que –dice después- hubiera preferido no contar. Le parece demasiado íntima pero “bueno, vos me preguntaste, y yo conté”. Estaba filmando Güemes, la tierra en armas en Salta. En un descanso, con sus compañeros, fueron a jugar al bowling. Pasaron por la catedral y él, interesado en la arquitectura del lugar, les gritó a sus compañeros que ya los alcanzaría después, que quería entrar a ver. La catedral estaba cerrada, pero entró por una puerta lateral y “cuando llegué a la virgen que está a un costado del altar central, dije: “‘¡Qué cara!’ No tenía cara de linda. Tenía cara de una señora que decía: ‘¿Qué te pasa?’”. Lo que le pasaba en ese momento a Alcón era que su abuelita estaba enferma y él quería que se curase para llevarla a España. Se lo contó a la Virgen y a los tres días le avisaron de la mejoría de su abuela. “Me quedaron las ganas de pensar que realmente ahí se había producido una relación, pero si lo pienso fríamente digo: ‘No puede ser’. Pero ¿qué sabe uno  lo que puede ser y lo que no puede ser?”. Siguió pensando en la Virgen, y es a ella a quien le pide favores, y ha llegado a viajar a Salta especialmente para verla. “Es algo que casi no cuento. Tengo como un pudor. No tanto por mí, sino por la Virgen…Las cosas tienen su misterio y está bien que así sea”.

Veintitrés. Julio 2003. Pág. 2 Alfredo Alcón

Las recordadas frasecitas de cabecera de la revista Satiricón, cuando los ’70 no eran una moda sino una evidencia, lo decían con todas las letras: “Alfredo Alcón es el primer actor argentino. Por orden alfabético”. Huelga recordar todo lo que pasó al país y al mundo desde la primavera camporista hasta ahora. Sin embargo, el chiste no perdió eficacia. Para muchos, Alcón es sin dudas el mejor actor nacional. Para otros, es un chiste.

Fue San Martín y Martín Fierro. Fue el Erdosain de Roberto Arlt, el Ecuménico López de Samuel Eichelbaum (a pesar de Eichelbaum, que llegó a pedir que sacaran su nombre de los títulos de la película Un guapo del 900 si era protagonizada por Alcón) y el Juan Carlos Etchepar de Manuel Puig. Fue el Diablo en la salamanca de Leonardo Favio y Ricardo III en el San Martín. Es ciudadano ilustre, amigo de Adrián Suar, galán de Mirtha Legrand, Tita Merello, Zully Moreno, ex de Norma God-bless-you Aleandro, compinche de Torre Nilsson, ganó todos los premios, su voz está en un disco de Piazzolla y uno de Charly García ¿Será el primer actor argentino…por orden alfabético?

-No escuché nunca ese chiste…pero tiene razón, tiene razón –dice. Y se ríe.

Al final de Las variaciones Goldberg hay un monólogo de Alcón que bien podría ser tomado como una clase magistral de teatro. Sin embargo, durante los ensayos le pedía al director no hacerlo: “Dejá –decía- lo ensayo solo, en casa”. Se escondía para no pasar al escenario y que todos se quedaran mirando, mientras ensayaba. Le daba vergüenza.

-Si todos te decían que no eras bueno para actuar, ¿por qué insististe?

-Seguí porque…porque no se sabe por qué. Uno puede saber por qué compra un pulóver, pero por qué sos lo que sos y cómo sos, es mentira. Uno pone un argumento, que tiene un principio, un final…

-…como para conformarse…

-…a uno mismo, porque tiene miedo de que eso que no sabe qué es, haya conducido tanto tu vida, a tal punto que te dedicaste a eso.

-Lo contás como si no fuera voluntario.

-Voluntad  sería si uno entre varias cosas empieza a estudiar y va probando. Y no. A mí me sucedió.

El primer indicio lo tuvo en Ciudadela, cuando era el hijo de un funcionario de YPF y de un ama de casa. Subía a la azotea, buscaba algún bichito muerto, lo ponía en una cajita, se disfrazaba y encabezaba una ceremonia mortuoria. Eso sí, si aparecía la abuela desarmaba todo rápidamente. No quería que nadie lo viera. Mucho después supo que el origen del teatro puede rastrearse en ceremonias mortuorias. Pero el nenito tímido de Ciudadela no sabía nada de eso. Al menos, en forma consciente.

-¿Te aguantás habitualmente?

-Días que sí, días que no. No me soporto la ira. Cuando me enojo, discuto con un director o cuando veo una injusticia, no sé, discuto de una manera que parece que no tengo razón de tanto lío que hago. Envidio a la gente que tiene cóleras frías.

-¿Alguna vez tuviste miedo de que esa ira sea confundida con un momento de divismo?

-¿Sabés qué? No, creo que nunca nadie pensó eso, porque me ven tan desgraciado. El divo grita a partir de su seguridad, pero yo…

-¿Nunca, nunca te creíste ni un poquito el hecho de ser la estatua “Alfredo Alcón”?

-Te juro por Dios que no.

-Pero tanta presión, tanta gente diciéndote: “¡Sos Alfredo Alcón!¡Sos el mejor!”

-Pero vos me lo decís hoy. Y mañana tengo la inseguridad otra vez.

-De acuerdo, pero ¿en qué parte tuya sos divo?

-¿Y por qué debería serlo? Cuando veo gente que me parece que tiene algo de eso, me digo: “¡Dios mío, que no me pase!”, porque debes estar muy solo, porque al fin y al cabo ¿qué? ¿porque hacés mejor o peor un papel o porque cantás mejor o peor un tango? Eso ¿en vez de unirte a los demás, te separa? Yo puedo ser buena persona y hablar con vos más tranquilo porque he hecho papeles y me ha ido bien y mal, y porque he vivido. Si hubiera sido al revés sería espantoso. Si todo lo que me dieron las condiciones me hubieran puesto un muro adelante ¿para qué me serviría?

Veintitrés. Julio 2003. Pág. 3 Alfredo Alcón

En 1991 Charly García y Pedro Aznar lo llamaron para que recitara partes de la Biblia en el tema “30 denarios”. Aún hoy recuerda el encuentro con Charly. Estaban solos en el estudio de grabación. Charly le dijo: “Concentrate. Cuando estás, empezamos”. Alcón contestó: “Cuando vos quieras”. Pasaron veinte minutos en silencio. Cada uno creía que el otro estaba concentrándose. “Él no dijo en ningún momento: ‘¡Bueno, vamos!’. Me pareció una prueba increíble de cómo darle espacio al otro. Habla de que el tipo tiene una dimensión que no es la de todos los días”, recuerda Alfredo.

-Desde que empecé fui mejorando, creciendo. Era duro, porque tenía muchos miedos y tensiones. Estaba convencido de que si no estaba abarrotado no me salía bien. Tuve una época en que me decían: “¡Aflojate!”. Y yo, nada. Estaba convencido de que me lo decían para que hiciera todo mal. Pero bueno, son desafines que uno necesita.  Cuando uno no desafina es que ya no busca más la afinación.

-¿Hoy te considerás un actor completo?

-No, no soy tan idiota. Cada vez que uno empieza, la experiencia sirve para muy poco. Más te apoyás en la experiencia, más zonzo sos.

Trabajó con casi todos los grandes actores del país. Pero hay una deuda que ya no se podrá pagar. Le hubiera gustado compartir cartel con Alberto Olmedo. “Me parecía un cómico poético, deslumbrante”. Aunque no sabe si hubieran podido congeniar. Olmedo partía de la improvisación y Alcón no: “Hubiera entorpecido su trabajo”, dice. Y cuenta la última anécdota, la del adiós. Era el final de una fiesta con entrega de premios. Tarde, las tres de la mañana. En un coche negro, con vidrios negros, en el asiento trasero, viajaba Olmedo. El coche se para, baja la ventanilla y Olmedo invita: “¿No querés venir? Vamos a tomar algo por ahí”. Alcón dijo que no porque era tarde. Olmedo contestó, casi como para sí mismo: “Claro, vos te cuidás”. Y levantó el vidrio. Y ahí tuvo Alcón la sensación de la despedida. No un pálpito de la muerte, no una adivinación fatal. Simplemente, una imagen final. La luz, la risa de Olmedo, el vidrio negro subiendo lentamente. Al poco tiempo, el cómico moría. El arrepentimiento por esa copa no compartida durará por siempre.

Torre Nilsson lo llamó para hacer de Ecuménico López, en un Un guapo del 900. Su respuesta fue: “¿Yo puedo hacer eso?”. Estaba convencido de que con su carita de nene, “si alguien no tenía nada que ver con un guapo, era yo”. Eichelbaum quiso retirar los derechos para que Nilsson no filmara. Su protagónico de Un guapo del 900 lo consagró como actor “serio”. Era 1960. En ese mismo momento le habían ofrecido un papelito de cura en otra película. Su mamá le dijo: “Nene, hacé de curita”.

-¿Volvés a ver tus películas?

-No, puede ser cuando pase mucho tiempo, por ahí.

-Bueno, de algunas ya pasaron mucho tiempo. De la primera, El amor nunca muere, pasaron casi cincuenta años.

Veintitrés. Julio 2003. Pág. 4. Alfredo Alcón

-Ah, claro…Bueno, pero ¿para qué me voy a ver a mi?

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