Contratapa. Cascioli Vs. Jackson. 26/06/09

Escrito por osvaldo el dia jun 26, 2009 en Critica de la Argentina |

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(Por Osvaldo Bazán)

Para la revista Humor, Michael Jackson era un salame. Para mí, que ya lo era y seguía lo que decían en esas páginas como una religión, también. Fue fuerte en la adolescencia de la dictadura leer a ese manojo de tipos que la tenían tan clara y que daban luz y guía de hacia dónde y cómo, con quién y contra quién. Mirá por dónde venimos a darnos cuenta ahora, funcionaban casi como el negativo de la lista de “lo in” y “lo out” de la denostada revista Gente para nosotros, los que como dijo alguna vez el Turco Asís “se creen vivos porque leen Humor” (al Turco Asís también lo conocí gracias a Humor).

No sólo en temas políticos y sociales la revista nos dijo qué sí y qué no, también en modas y costumbres. Si recordamos la época, fin de los setenta, principios de los 80, todo cobra sentido. No había espacio para grises. Ahí estaban los asesinos y ahí el humor que lo denunciaba. Sí, Humor fue esquemática muchas veces y no había manera de que no lo fuera. De los rígidos parámetros de la lucha armada, del compromiso de quienes tomaron un arma por los ideales propios –podrán decir cualquier cosa sobre sus intenciones, sus lecturas políticas de la coyuntura, su falta de piedad, su sentido de la oportunidad o lo que fuera, pero que pusieron el cuerpo, lo pusieron– a la demencial represión, al Estado convertido en asesino, ¿cómo no ser esquemáticos? La frase cancherita de la democracia “contra los militares estábamos mejor” encierra el despiplume armado en nuestras cabezas cuando el enemigo no fue tan claro, tan brutalmente claro.

Ante un militar con una picana no te preguntás quién es el enemigo.

Después las cosas cambiaron. Pero cuando Thriller explotó en todas las radios, la revista Humor no entendió de qué iba. Y yo que seguía a la Humor adonde fuera, tampoco. La revista Humor rebosaba de Labarnois-Carrero, Jaivas, el Cuarteto Zupay, el aún escondido rock nacional. Cuando leer la revista era ir a misa, Aquiles Fabregat escribió –recuerdo de memoria– una nota que hoy, a disposición de los foristas de internet, sería como para descuartizamiento masivo; era algo así como un manual que dividía a los cantantes en buenos y malos, con subdivisiones: los buenos comerciales, los buenos no comerciales, los malos comerciales y hasta los malos no comerciales. Lo hizo con una ingenuidad dogmática que sólo aquella época podía permitir. Se escribían esas cosas con la luz del esclarecido y no había cientos de comentarios en un foro que lo discutieran.

No había nada que discutir.

Recuerdo –también de memoria, ¡que fuerte nos marcó!– la “bienvenida” de Humor a un grupo pop de La Plata, a fines de la dictadura: “Este Virus ya se lo habían agarrado los Beatles”, decía la cronista y los denostaba por alegres y descomprometidos. Mucho tiempo después nos enteraríamos de que los Moura tenían un hermano desaparecido y que esa aparente falta de compromiso era la necesidad imperiosa de salir del agujero interior a fuerza de wadu wadu. Pero Humor era así y estaba bien que así fuera. Habían sido años black or white, los colores vendrían después, más caóticos, menos –literalmente– uniformes. Y serían un auspicioso problema que aún estamos desculando.

Entonces, la aparición de Máicol no podía ser vista como una revolución pop. Ya el concepto “una revolución pop” sonaba sonso. Estábamos hablando por primera vez de libertad, de Latinoamérica, de muertos y exiliados, de los pañuelos de las madres. No había espacio ahí para ninguna revolución pop. Con los prejuicios de la época, Humor fue homofóbica, misógina y machista. Pero con la inteligencia de la humildad, evolucionó. Fue en Humor donde Osvaldo Soriano escribió: “Que no nos moleste una señora con cinco amantes o un homosexual, que nos moleste un militar asesino”. Aunque hoy suene precámbrico, ahí fue la primera vez que leí algo así y esa frase cambió mi vida para siempre.

Y fue en Humor. Que siguió dando cátedra de lo que estaba bien y lo que estaba mal. Por eso cuando finalmente aceptó la existencia del pop lo hizo a su manera, impartiendo los parámetros en los que había que moverse, con una nota de “los chicos de Caín”: “La caída del imperio sicobolche” (¿cómo puede ser que aún me acuerde cómo estaba diagramada?). Eso decretó la revista y fue toda una valentía hoy impensable en el chato panorama editorial cada vez más demagógico con sus lectores del que sufre el país, elogiar a Soda Stereo en el mismo medio que lo había ninguneado. Crearon lectores al calor de Silvio Rodríguez y después, ellos mismos, decretaron su final y fueron a por raros peinados nuevos. No veo hoy un medio gráfico que se anime a tanto. La principal censura que sufrimos es, de lejos, las expectativas de los lectores que no perdonan el mínimo cuestionamiento a su impoluta línea de pensamiento, tan soberbios ellos, tan poco abiertos a una palabra que ponga en duda verdades que andá a saber quién les reveló. Vamos, que si no decimos lo que están esperando que digamos, con las mismas palabras, viene la conciencia inmaculada de lectores que parece jamás tuvieron una contradicción, mucho menos una agachada, un “ma’ sí” para acusarnos, por la misma nota, consecutivamente o conjuntamente de “amarillosk- antik-fachos-zurditos- gorilas-golpistas- tarados-vendidos-coimeros-etc.”. En mi caso, también, agregan “puto”, pero ya me enseñó Soriano que eso no debe preocuparme. Humor desafió a sus lectores y ésa fue también una enseñanza que no deberíamos perdernos. También es cierto que quizás esa falta de demagogia los dejó sin lectores.

Y el mismo día se mueren Michael Jackson y Andrés Cascioli. Ayer los comentarios recordaban no sólo las canciones de Michael Jackson y las tapas de Humor. También hablaban de las acusaciones de pedofilia que recibió el cantante y del odio de muchos que trabajaron con Cascioli. Se habló de juicios y persecución a la comisión interna. Lo reconoció en Página/12 Eduardo Fabregat: “Sí, aquellos que se quedaron sin trabajo cuando cerró (la editorial) La Urraca tienen algunas otras cosas para decir de él”.

Parece que a pesar de Humor y de Michael Jackson la vida no es tan claramente black or white, como cantaba el De-qué-color-es Máicol. La muerte, con su the end inapelable, es la que permite balancear. Estuvieron todas esas canciones y estuvo esa acusación no probada. Estuvieron todas esas revistas y estuvieron esos desmanejos empresariales (no parece que Cascioli se haya enriquecido, pero es sólo una impresión). Uno elige con qué recuerdo se queda. Ahí, a disposición de todos, Michael desparramó el pasito lunar, la alegría del gritito, los videos inmortales, el momento más divertido de la fiesta. Ahí, a disposición de todos, Cascioli lanzó pistas sobre el mundo para que pudiéramos investigar: El Péndulo, Fierro, Caín, Hurra!, El Periodista. Y claro, un puñado de las mejores caricaturas argentinas del siglo XX.

Humor nos marcó un mundo en blanco y negro, con una raya firme. Michael despatarró un poco todo eso y nos dijo que el negro a veces es blanco y viceversa, aunque no salga.

Los dos nos hicieron esto que somos ahora.

Y hoy, allá en el horno, se fueron a encontrar.

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