Contratapa. El tango te espera 03/10/09

Escrito por osvaldo el dia oct 3, 2009 en Critica de la Argentina, Notas Periodisticas |

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El tango te espera

Hay un momento en que el padre deja de ser el ídolo de la infancia, el que todo lo sabe y todo lo resuelve, y se convierte indefectiblemente en el pelotudo mayor que jamás haya pisado la tierra; nada de lo que diga tendrá la mínima posibilidad de ser tomado en serio, todas sus creencias serán, por lo menos, obsoletas, cuando no directamente retrógradas, y conservará en el mejor de los casos dos caminos disponibles ante los ojos severos del hijo: o será un facho infumable o será un comunista pasado de moda. En el peor de los casos, será un cero a la izquierda sin criterio, sin pasión, sin vida. En ese estado el padre continuará por muchos años y qué suerte los hijos que perciben que nada es tan negro o blanco antes de que el padre muera. A pesar de los intentos, los cajones y las mortajas no escuchan los lamentos finales de los años perdidos. Después, cuando ya no están, los viejos recuperan en el recuerdo –y aun lo superan- el brillo de los primeros años. Ni tanto ni tan poco. En la relación con el padre, al hijo le cuesta una valoración real. O quizás me pasó a mí nomás.

Papá era de la generación de padres que decían “el tango te espera”. Pero esto ocurrió en la época en que papá no tenía posibilidad alguna de ser tomado en serio, cuando mediando los 80 tuve uno de mis primeros trabajos atendiendo los teléfonos de A todo tango, programa mítico del 2 x 4 en Radio Dos de Rosario, conducido por uno de los tipos que más sabe de tango en el país, lo que es decir en el mundo: Gerardo Quilici, un maestro absoluto que sigue con su programa –ya casi con cuarenta años en el aire– de 23 a 1. Ahí, pasada la medianoche, en la penumbra de la salita de producción, recibía mensajes del tipo “decile a Gerardo que pase el ABC”. Yo escribía, pasaba el papelito a Gerardo y no entendía de qué hablaban. Al principio no sabía, después, con el tiempo, fui aprendiendo de Arolas, Bardi y Cobián. Arolas que murió con treinta y pocos matando un desengaño amoroso en París; Bardi, músico admirado por los músicos; y Cobián, que si sólo hubiese escrito con Cadícamo “Los mareados” ya hubiera merecido el lugar en el podio, pero ese tango es sólo la punta de un iceberg lujoso y sofisticado.

El programa terminaba a la una, pero ahí comenzaba la fiesta, cuando apenas salían del aire los compases mágicos de “La mariposa” con la orquesta de Pugliese sobre los arreglos de Julián Plaza, cortina inmejorable. Nos íbamos con Gerardo, su esposa Norma –¡qué tanguera!– y una corte de freaks tangueros a los bares de Pellegrini que quedaban abiertos, El Amanecer o el Bar Blanco. ¡Ésas eran discusiones! Ahí conocí la D que ensanchaba el ABC. De Caro. De él decían que era “vigoroso”, “sentimental” y “profundo”. A mí me llama la atención que alguien pudiera a un tiempo ser vigoroso, sentimental y profundo, pero no decía nada. En esos bares yo no decía nada. Respetaban a Piazzolla, hablaban de Pugliese, su sensualidad y sus audacias y de si Morán o Vidal o Maciel. Los escuchaba casi con condescendencia, con simpatía, pero no me involucraba. También me llamaba mucho la atención que siendo tan rosarinos como eran amaran una ciudad a 300 kilómetros por su música. Una música que hablaba de barrios por los que no pasaban, pero ellos eran así.

En eso estaba, cuando el que me amuraba en lo mejor de mi vida se fue “dejándome el alma herida y heridas en el corazón”. Y ahí supe que era cierto, como decía Fito Páez en su mejor tango, “Carabelas nada”: “Lo del tango es una idea que me toca aunque no quiera”.

Me dejaron como te dejan cuando vos estás enamorado y el otro no. Cuando vos estás en carne viva y el otro mira desde arriba, un Nerón que baja el pulgar y vos estás debajo de ese pulgar. Me dejó y yo, además de llamar por teléfono y lloriquear sin decir nada, sólo para escuchar su voz –tiempos pre I. D.–, me topé finalmente con ese tango que vino a buscarme. En mi caso fue “Chau, no va más”, de los Expósito en versión de Roberto Goyeneche, orquesta de Atilio Stampone. A simple vista parece que es para cortarse las venas con el plastiquito que traen las pizzas para que la muzzarella no toque la caja, pero cuando lo escuchás atentamente, ¡caramba!, ¡son toneladas de speed!: “Nadie vivió sin matar/ sin cortar una flor/ perfumarse y seguir” o “si lo nuestro no fue/ ni ganar ni perder/ ¡fue tan sólo la vida, no más!”, o ese momento epifánico en que el Polaco (te) dice: “Vos ya podés elegir el piano”. Lo que uno precisa cuando lo dejan es que venga Goyeneche y te diga: “Vos ya podés elegir el piano”. Está en ese tango que además, en poco más de tres minutos, te pregunta: “¿Vos sabés qué es vivir?”. ¡Y ahí mismo lo contesta! ¡Y es una respuesta correcta!

Ahora en estos días nos avisan desde los Emiratos Árabes que parece que han decidido socializar el tango y, de ser propiedad de Quilici y sus amigos freakies del Bar Blanco, ha pasado a ser patrimonio de la humanidad. Un paso pequeño para el tango, un paso enorme para la humanidad, que deberá finalmente encontrarse con el tango que la estaba buscando. Porque seamos obvios, especialmente es en las cuestiones culturales donde se juegan los imperialismos. Es cierto que suena extemporáneo volver a aprender cómo hay que leer al Pato Donald, pero no estaría de más recordar lo difícil que es ser argentino en un mundo donde nadie está esperando por nosotros. Es increíble la telaraña de prejuicios que rodean hoy a gran parte de los jóvenes argentinos, que no podrían escuchar un disco de María Graña sin tener que justificarse. Y María Graña es una cantante con una vitalidad, una afinación, un buen gusto y una locura como jamás tuvo ninguna cantante del rock nacional en sus cuarenta años de vida. Está demasiado cerca como para saberlo. Tuvimos demasiados años de Grandes valores como para descubrir las joyas en el fango. Es cierto también que prejuicios hay en todas partes. Cuando en los primeros 80 Susana Rinaldi se descolgó –¡herejía!– con una versión disco music de “La cumparsita”, el inflexible Aquiles Fabregat en Humor, patrulla del gusto y la ideología de la clase media, la castigó bajándole un punto al 10 con el que había calificado el disco. ¿Qué pecado había cometido Susana Rinaldi? Sólo adelantarse un cuarto de siglo.

Vuelvo a Fito cuando dijo, hablando de los norteamericanos: “Yo no me perdí a Frank Sinatra, ellos se perdieron a Yupanqui”. Eso es lo bueno que tiene no ser una potencia, no estar en el centro, no creer que el ombligo propio es el ombligo del mundo. Esto lleva directo a Caetano Veloso, que también habló de las diferencias culturales de quienes están parados cabeza arriba y quienes estamos cabeza abajo, según el globo: “Para los americanos/ blanco es blanco/ negro es negro/ y las mulatas no existen/ puto es puto/ macho es macho/ mujer es mujer/ y el dinero es el dinero./ Y así ganan/ cambalachean/ pierden/ conceden/ conquistan sus derechos./ Mientras que acá abajo/ la indefinición es el régimen/ y danzamos con una gracia/ cuyo secreto ni yo sé”, cantó, exactamente después de cantar el “Black or White” del menos black or white del mundo, Michael Jackson.

Papá tenía desde chico el berretín de tocar el bandoneón, pero nunca había tenido plata para comprarse uno. Eran los primeros 90 y el tango estaba de capa caída; al Primer Mundo donde querían que entráramos a los empujones no le interesaba. Los bandoneones estaban baratos, así que con mi hermano fuimos a ver si le podíamos regalar al viejo uno de esos instrumentos que esperaban desinflados entre la Biblia y el calefón. No sabíamos nada de bandoneones. El vendedor nos dijo: “Éste es un doble A. La Ferrari de los bandoneones, pero ya no le interesa a nadie”. Paradójicamente, mi hermano sabía mucho de autos así que me dijo “compremos éste”. Se lo regalamos. El viejo jamás aprendió a tocar y aunque pasaba horas estudiando, sólo lo hacía rezongar un poco y nos preguntaba, lleno de expectativa y esperanza: “¿Qué toqué?”. Nosotros, que ya sabíamos qué partitura estaba leyendo, decíamos “Sur”. Y él se quedaba tan contento, le brillaban los ojos al viejo, convencido de que esos ruidos que le sacaba al instrumento podían ser decodificados como “Sur”.

Ahora el bandoneón está casi olvidado en un rincón de la casa. Hace poco lo hice ver. El especialista dijo “No es un doble A auténtico. Eso se lo pegaron después, pero los doble A de verdad tienen la marca adentro y éste no lo tiene. Igual, es bueno y está bien el bandoneón. Si lo arreglás, podés sacar hasta tres mil dólares”.

Lo siento. En los Emiratos Árabes dirán que es patrimonio universal pero al bandoneón no lo vendo. El tango me espera.

1 Comentario

  • armando guzman dice:

    Asi era mi papa (viejo) igual. Tu relato me ha conmovido y se parece un poco a lo que he vivido con mi padre, que ya se ha ido,en mexico casi no se habla de tangos,es algo casi como misterioso y con olor a antiguedades, hay algunos, como yo, que agradecemos su existencia y que tambien esperamos un tango al final del dia, ojala y algun dia me llegue un bandoneon para empezar a tocar un tango aunque lo tenga que interpretar un decodificador…..

    un abrazo desde Mexico.

    junio 2010

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