Contratapa. ¡Qué Talento! 25/11/09
(Por Osvaldo Bazán)
“¿Qué talento?” se pregunta casi con indignación en la contratapa de ayer don Alabarces –con quien suelo estar de acuerdo– hablando del programa sensación de la temporada, Talento argentino, de las noches domingueras de Telefe.
Alabarces comienza defenestrando los reality shows y sí, qué vivo, metete con alguien de altura. Nada más fácil que denostar el formato más bastardeado de la tele. Sin embargo, habremos de concluir que no es lo mismo un Gran hermano bobalicón que aquellos otros realities de donde surgieron, por ejemplo, Vanessa Butera o Fernando Dente, coprotagonistas de la comedia musical Hairspray, sin dudas, dos de los más completas figuras argentinas surgidas en el último tiempo.
Como corresponde, Alabarces continúa su nota bardeando al jurado televisivo. Para él ni Catherine Fulop ni Kike Teruel tienen talento alguno. Cuestión opinable. Son un jurado televisivo y trabajan en función del show. Las devoluciones que dieron a los participantes muchas veces fueron precisas, técnicas, valiosas para quien por primera vez se sube a un escenario. Para una chica que quiere ser bailarina o un muchacho que quiere ser folClorista, recibir una indicación de Fulop o de Teruel debe ser mágico. De Maximiliano Guerra, Alabarces dice que se limita a hacer el papel del malo de American Idol. A Mariano Peluffo lo ningunea con desaprensión. Me pregunto cuántos conductores como Peluffo, con timing y respeto tanto por el público como por los participantes, le quedan a la tele argentina. Me contesto: se cuentan con los dedos de una oreja.
Vamos al verdadero tema: el talento de los participantes.
Vi el primer Talento argentino pensando que ya me las sabía todas, que la gracia iba a estar en los que dieran vergüenza, que basta de buscar el chiste fácil del que no sabe bailar y no tiene problemas en desgañitarse frente a cámaras como en la mejor época de Roberto Galán. Y no.
Talento argentino tuvo el buen tino de salir a buscar, virtud inexistente en una televisión siempre dispuesta a que vengan al canal a anotarse. Salió por las provincias, buscó en las ciudades y encontró algo que la gran aldea suele olvidar: hay vida más allá de la General Paz. “El talento no abunda entre los participantes”, dice Alabarces, con un entusiasmo digno de mejor causa. A ver: el talento es la capacidad para el desempeño de una ocupación. Nunca mejor puesto el título. Todos esos pibitos que aparecen por primera vez no ya en un programa de alcance nacional sino muchas veces en un escenario no son las patinadoras del show del gerundio. No pagan con los patines el precio de la fama. Todo lo contrario. Se anotaron en las escuelas de arte de sus pequeñas localidades porque la pasión los llevó a la guitarra, a la zapatilla de danza, al juego de magia. Suelen no tener, maravillas del país citadino, escuelas profesionales, suerte perra para saltar las vallas. Son intuición y ganas, dos cosas que no aparecen no ya en los participantes de otros realities, sino en la farándula nacional en general. Imaginar a un chico santiagueño que tres veces por semana, a despecho de la monolítica obligación ancestral, deserta del destino obligado de potrero para ponerse la malla de danza contemporánea y ensayar y ensayar es gratificante. Cuando apareció la oportunidad del programa de televisión, los chicos ya se estaban preparando, sin saber si alguna vez iba a existir esa oportunidad. Tucumán, Salta, Neuquén como canteras de artistas que aún no están formados pero tienen ganas –y como no siguen ninguna escuela son tan originales que deslumbran– forman parte de un descubrimiento hecho por un programa de televisión. Por qué no es el Estado el que se encarga de eso es un tema a conversar. Qué hacemos todos para que Facundito, que ya sabe puntear rápido en su guitarra, avance y desarrolle su talento, es algo que a Alabarces tiene sin cuidado. Talento argentino permite saber que en todo el país hay cientos de chicas y chicos y no tanto que se preparan, van, aprenden, lo hacen mal, se equivocan, van otra vez y otra vez, y posponen viajes y alegrías y tiempo en la esquina para intentar descular eso que les come el alma y quizá nunca tenga nombre. Quieren ser artistas en un país en el que eso no le importa a nadie. Es cierto: abundan los clones insoportables de Céline Dion, pero ¿cómo están las escuelas que enseñan canto? ¿Qué se puede aprender ahí dónde nada se aprende? ¿Quién les paga a los maestros de arte? ¿Quién desarrolla vocaciones? Es una pena que sea la televisión, con sus manierismos conocidos e innegables, la que deba hacerlo. Sería buenísimo un país donde no hiciera falta la tele para saber que en Salta hay un chico que quiere, simplemente, bailar. Y puede hacerlo.
Hace unos años, en los diarios, los autores de contratapas peleaban largamente por si había que matar al tirano o no. Hoy discutimos sobre la existencia o no de talento en un programa de televisión. ¿Estamos mejor o peor? No lo sé. De verdad, no lo sé.