Contratapa. La caída de la casa Ranser. 26/12/2009
A casa vino el cura del pueblo, el médico, el contador. Ninguno merecía de mi parte el respeto que merecía el técnico del televisor. Era una fiesta que desenmascarase los chinchulines del Ranser gris, que descubriera cuál era la válvula quemada. Más fiesta aún era si el repuesto venía con él y no había que pedirlo a Rosario, “Una semana al menos, Bazán, porque esto hay que pedirlo a La Casa Ranser”, decía el hombre, misterioso. “La Casa Ranser” era mi Neverland, mi Xanadú, mi Disneylandia. Era mi Halcón Maltés, el lugar en donde se conseguía el material con el que se hacían los sueños.