Contratapa. La caída de la casa Ranser. 26/12/2009
(Por Osvaldo Bazán)
La casa era tan grande que vivían dos familias, la de los Tolosa y la mía. Al principio estaba dividida por una cortina pero después a una de las dos familias –o a las dos- las cosas le empezaron a ir un poco mejor y pusimos una puerta. Era rara la casa, tenía un mástil en el jardín, estaba en la calle de tierra atrás de la vía y cada tanto un tren nos separaba del pueblo. El pueblo era Lucio V. López, sobre el río Carcarañá. Nosotros no, pero los Tolosa tenían un televisor, un aparato francamente rocambolesco: madera y vidrio con imágenes que nunca fueron blancoynegro, sino grisygrís. Los primeros años de mi vida, allá en la casa atrás de la vía, el contacto con el mundo era ese armatoste. Y en especial, tres tipos que no sabía si eran hermanos, primos, amigos o qué. Tres tipos de una torpeza sublime, a los que todo les salía mal; tres tipos que se caían y se insultaban y en la batalla desigual contra el poder –siempre representado por un grandote de bigotes a lo Caparrós-, perdían. Me gustaba el momento de la huída. No sé cuánto tiempo duró, pero mientras duró, escuchábamos la musiquita de “Los tres chiflados” con mi hermano y largábamos todo para ir a golpear la puerta de los Tolosa. Los cuatro niños de la casa maravillados frente a algo que había ocurrido en un país que ni sabíamos, en un tiempo en el que aún no habíamos nacido. Faltaban años para tener una idea de la existencia siquiera de Bordieu, de Furio Colombo, de Mcluhan pero la televisión ya me había seducido. Como todos, crecí con un menú bien delimitado: dos canales (el 3 y el 5 de Rosario) y el fantasma de Canal 7 detrás de lluvias grises, en pocas horas diarias y con la facilidad de que nos daba un tema de conversación común para el día siguiente. Todos habíamos visto lo mismo, dulce dictadura que nunca obligó a que lo viéramos de la misma manera.
En mi recuerdo hay una pelea anterior entre mi hermano y uno de los chicos Tolosa. Pero ya sabemos que los recuerdos se acomodan a las intenciones y siempre es mejor un poco de crueldad en cuentos para niños. Quizás simplemente los Tolosa habían salido. Si estaban y hubo una pelea, escuchamos la musiquita de “Los tres chiflados” y fuimos a golpear la puerta. Si no hubo pelea y no estaban, la casa permaneció en silencio. Lo cierto es que con la puntualidad de las estaciones mi hermano y yo golpeamos la puerta al mediodía, que era la hora de “Los Tres Chiflados” en canal 3 y nadie abrió. Nadie, imaginen el horror. Sí, sí, lo recuerdo bien, estaban, escuchaba la musiquita, los ladridos de Curly, las risas de los Tolosa. Supe en ese instante que algo crucial ocurría cuando no podía ver televisión. Algo horroroso, algo que me alejaba del mundo, algo que me sacaba violentamente del lugar en el que quería estar. Viendo televisión era feliz, eso es lo que descubrí cuando todavía no tenía cuatro años y los Tolosa no abrieron la puerta, no sé si por ausencia o maldad.
El día en que papá compró el televisor supe que era un héroe, carnet que renovó cuando compró el “televisor color” antes que de comenzaran las transmisiones.
Ya nos habíamos mudado de pueblo, ya no compartíamos la casa con los Tolosa y ya teníamos una habitación para mi hermano y para mí. Faltaba para el auto, pero teníamos tele, con un caminito tejido y encima un florero sin agua, para no correr el riesgo del derrame. Supongo que en las otras ciudades del país habrá pasado lo mismo, en la televisión rosarina había cartones de publicidad. Cartones que decían “Nuevo” u “Oferta” o “Ahora” y el locutor (después me enteré que se llamaba “locutor de cabina”) decía “Nuevo” u “Oferta” o “Ahora”. Así aprendí a leer, antes de ir a la escuela, mientras esperaba que mis tres amigos empiecen a los literales tortazos en el mejor electrodoméstico de la casa. Con eso armé mi propia “Plaza Sésamo”. “Nuevo”, decía el locutor de cabina. Y yo decodificaba “n-u-e-v-o”. “Ahora”, decía el tipo. Y me sobraba una letra. Entonces llamaba a los gritos a mamá que siempre tenía la mala costumbre de estar ocupada en otras cosas y cuando llegaba ya el cartón había pasado y yo no podía contener mi frustración, armaba un berrinche. Parece que en mi aprendizaje de lectoescritura televisiva la “h”, la “y” y la “q” fueron las más complicadas. Al menos eso es lo que cuenta mi mamá, que aún hoy relata la anécdota al menos una vez por mes sin importarle si está frente a un conocido o a un desconocido ni, mucho menos, que su hijo ya es un hombre adulto que bien podría ser ahorrado de tales exposiciones.
A casa vino el cura del pueblo, el médico, el contador. Ninguno merecía de mi parte el respeto que merecía el técnico del televisor. Era una fiesta que desenmascarase los chinchulines del Ranser gris, que descubriera cuál era la válvula quemada. Más fiesta aún era si el repuesto venía con él y no había que pedirlo a Rosario, “Una semana al menos, Bazán, porque esto hay que pedirlo a La Casa Ranser”, decía el hombre, misterioso. “La Casa Ranser” era mi Neverland, mi Xanadú, mi Disneylandia. Era mi Halcón Maltés, el lugar en donde se conseguía el material con el que se hacían los sueños. Pasaba una semana mirando la tristeza, porque eso era la pantalla gris abombada: la imagen de la tristeza, hasta el regreso del hijo pródigo, el señor del servicio técnico con la llegada desde el mundo mágico de La Casa Ranser de la válvula salvadora, el santo grial de la comunicación. Papá decía que dejásemos de joder con eso de darle todo el vertical posible para ver como subían sin parar las imágenes, o de darle todo el horizontal hasta ver distorsionado lo que antes nos resultaba tan familiar. Perdón jóvenes si no entienden de qué estoy hablando. Es de una época en que para cambiar de canal había que pararse:
-Cambiá, a ver.
-Andá vo.
-No, andá vo.
-No, andá vo.
-Entonces miramos esto.
-Bueno
Por esas cosas que uno no decide –o al menos, no sabe que decide- terminé trabajando un tiempo en televisión. Y estuve ahí en el semillero mágico de La Casa Ranser, en donde nacen las imágenes, en donde se arma lo que después se desarma en cada casa. Y si bien muchas veces fue “la casa rancia”, el balance fue positivo. Tengo el orgullo –oiga, ¿por qué sería una ironía?- de ser el primer y único robinsonólogo del país. Sí, en medio de la crisis, cuando fuimos náufragos, me tocó comentar las vicisitudes del Grupo Norte y el Grupo Sur de “Expedición Robinson”. Ejercía dos veces por semana en el programa de Guillermo Andino y Federica Pais. Me pagaron por ello. La Casa Ranser, finalmente, se me presentó como un mundo como cualquier otro, con gente impresionante y gente que da impresión. Nada que no hubiese ahí afuera de La Casa Ranser.
Todo esto me vino a la cabeza esta semana en donde en el diario publicamos dos (dos, no una, dos) entrevistas que compartieron titulares: “Se terminó la televisión tal como lo conocimos todos” dijeron Claudio Villarruel y Bernarda Llorente el pasado sábado, en la nota que dieron a propósito de su desvinculación de la gerencia de contenidos de Telefé; “La televisión digital va a marcar el final de la televisión abierta”, afirmaron muy sueltos de cuerpo Carlos Ulanovsky y Pablo Sirvén, autores de “¡Qué desastre la tv! (pero cómo me gusta…).
Llevan razón.
Desde la popularización del cable –ese country de las imágenes- en adelante, todo el concepto de televisión abierta, la televisión tal como la conocimos, mutó exponencialmente. Lo que viene es incomprensible. Cinco señales en una señal, con contenidos zippeados. Televisión en tu celular. Celular en tu televisor. Juegos de consola en todas partes. Internet que come y regurgita. El apagón analógico del que Argentina todavía no se enteró. Las posibilidades interactivas. El futuro está acá, ahí, en el próximo año, el otro, no mucho más. La televisión argentina, los responsables de La Casa Ranser no parecen estar preocupados por lo que se viene.
Acá estamos lamentando el esguince de un chocolatinero obscenamente millonario.
Parece que somos cuarenta millones de argentinos golpeando la puerta de los Tolosa, mientras se escucha la musiquita de “Los tres chiflados”. Y otra vez, nos quedamos afuera. Y otra vez no sé si por ausencia o maldad.