Contratapa. Desde el balcón. 22/01/10

Escrito por osvaldo el dia ene 22, 2010 en Critica de la Argentina |

Etiquetas: ,

Por una serie encadenada de acontecimientos desdichados, estoy en el balcón y hace como 800 grados en la ciudad. A lo lejos se ve el smog porque, como decían las abuelas, “no corre una gota de aire”. Igual, dentro de un rato seguro que se desata un tornado, vuelan redrados y caen bléjeres de punta. Por ahora hace calor y estoy en el balcón pensando que debería estar en Brasil. Siempre pienso que debería estar en Brasil. He llegado a sospechar que ya fui brasilero. En realidad, me pensé prebrasilero, africano en un navío negrero. Negros, negras, grandes, chicos, todos amarrados a la misma cadena, y el chicote del holandés. Imagino haber sido cazado junto con millones de yorubas y bantús de Sudán, de Nigeria, Togo, Camerún, Ghana. Más extraño que haber vivido aquella vida y estar hoy en el balcón porteño lamentando no estar en Brasil es haber sobrevivido al traslado en masa hasta el puerto Costa da Mina, en el golfo de Guinea y desde ahí, en el navío negrero hasta Bahía. Las cifras dicen que entre el siglo XVI y mediados del XIX se vendieron en América cincuenta millones de esclavos. El número impresiona pero es nada si se sabe, como se sabe ahora, que por cada esclavo que llegó vivo a América murieron cinco en los traslados. Si tenemos en cuenta la vida que les esperaba acá, para algunos aquella muerte temprana en los navíos negreros –inundados en sus heces, las llagas en carne viva, famélicos, infectados y aterrorizados– era una bendición, literalmente. Los había bendecido la siempre piadosa Iglesia católica apostólica romana, que en su infinita bondad había decretado que los indígenas americanos tenían alma y no era bueno que sufrieran tanto. Con traer negros –que, como todo el mundo sabía en la época, eran poco más que animales– todo se solucionaría y volveríamos a estar en gracia con Dios. Sí, el atraso de África también es responsabilidad de Roma. Crearon el cáncer y ahora mandan curitas. Literalmente.

Paso del balcón al living, busco el disco de Caetano Veloso Livro y escucho “O navio negreiro”, sobre poesía de Antonio de Castro Alves, ese manifiesto-crónicapoesía- ruego que no casualmente termina exigiendo que se acabe el sufrimiento en esos barcos: “¡Colón, cerrá la puerta de tus mares!”.

Y entonces, mientras el sol porteño achicharra y allá al fondo del cielo unos bultos negros parecen haber escuchado que por la tele anuncian “alerta meteorológico” y se aprestan a cumplir su parte en el trato, pienso qué cara pondrían ese señorito de la Compañía Inglesa, ese esclavista de la Compañía Portuguesa de Guinea, ese curita evangelizador, ese patrón norteamericano (para quienes los esclavos eran “ganado de color”), qué cara pondrían, decía, si supieran que ahí, en esos navíos del horror se incubaba lo que serían las grandes músicas universales del siglo XX.

El jazz, el rock, el samba, la bossa nova, la mal llamada salsa, el candombe, el tango, la cumbia. Nada de eso hubiera sido posible sin aquellos negros esclavos, humillados, los últimos en la lista de los últimos.

Entonces t e rmi n a e l tema de Caetano y suenan algunas canciones más. S í , supongo que sería considerado delito grave sacar Livro del equipo. Lo dejo hasta el final y entonces sí, busco otro disco, Vida, de Chico Buarque, y de ahí pongo “Morena de Angola”. Si no hiciese este calor de los mil demonios bailaría, pero no en el balcón. ¿Conocés la historia de la Morena de Angola? “Morena de Angola que lleva un chocalho amarrado en su tobillo,/ ¿será que ella mueve el chocalho o el chocalho la mueve a ella?/¿Será que cuando va para la cama se olvida del chocalho/ o que hace el amor haciendo bochinche con su chocalho?”. El chocalho era un grillete que hacía ruido, como de cascabeles, y que se amarraba a los tobillos de los esclavos para que no se escaparan. Los propios esclavos lo convirtieron en instrumento musical. ¿Se puede imaginar, mientras allá eso de “alerta meteorológico” va dejando su enunciado objetivo para convertirse en amenaza y promesa, un acto más vital? ¿Hay mayor desafío que la alegría? ¿Hay contestación más provocadora y subversiva? Convirtieron en música al instrumento con el que los torturaban. Ese espíritu trajeron los esclavos. La alegría es sólo de los navíos negreros. Hoy el chocalho (conocido en el rock inglés como “shaker”) está presente en la música popular de varios lugares del mundo, especialmente, claro, la brasilera. Lo más parecido que tenemos por acá son los sonajeros de los bebés. Sí, fueron un instrumento de tortura. Por estos días hace un año que vi en el Museo Imperial de Petrópolis un chocalho de oro macizo, de los que e r a n habituales en Bahía en el sigo XVI. Impresiona ese socotroco enorme y dorado us ado pa r a el mal. Ninguna mujer contemporánea, occidental u oriental, puede llevar tanta cantidad de oro como aquellas esclavas despreciadas. Y quizás también el oro las convierta en una posesión de su dueño.

En la esquina están construyendo un edificio. Los obreros sufren un calor caribeño bajo el casco amarillo, sobre una losa que hoy es efectivamente radiante. No les llega la música de Chico. Podría subir el equipo y atronar desde acá, pero no quiero problemas con los vecinos.

Y entonces no estoy en Brasil y no sé por qué, y ése es el tema sobre el que voy a escribir la contratapa, cuando consiga levantarme del sillón del balcón. No de por qué no estoy en Brasil ni de dónde viene la fascinación que tengo por Brasil y su cultura, que en todo caso es un tema menor que me puede interesar a mí y a los que están cerca mío y a todos los que los sábados a las 20 escuchan Club Brasil en la Blue 100.7, sino ¿por qué nos gusta lo que nos gusta? ¿Dónde se forma, de qué material está hecho, quién incide, qué modifica, cuándo ocurre “lo que nos gusta”? ¿De qué están hechos nuestros gustos? ¿Es física, es química, es historia, es geografía? ¿Por qué creo que la sandía es una obra de arte viva de la naturaleza y descargo mi desprecio eterno en las berenjenas? ¿Por qué no me asombraría saber que en otra vida sobreviví a un navío negrero y estuve en la Revolución Francesa? De eso voy a escribir la contratapa esta semana, pienso en el balcón, de las razones que no conocemos para elegir profesión, compañero, ciudad, música, colores, sabiendo que es viernes y que tengo que entregar el material en pocas horas, mientras ya medio cielo es negro, y medio, turquesa brillante. De las razones que desconocemos y, sin embargo, dirigen nuestra vida. Pondré otro ejemplo, para aliviar un poco el narcisismo –que nunca fue problema. Vuelvo a una noche de hace unos meses, creo que agosto, que hacía frío y había vino, y el pibe, joven músico considerado como uno de los mejores clarinetistas del jazz en la Argentina me señala un cuadro de negros juntando algodón en el delta del Mississippi. El pibe, bahiense de Bahía Blanca, se preguntaba, me preguntaba por qué será que me hice jazzero. Nada, ni por tiempo ni por espacio, lo ligaba al sentimiento de estos negros que juntaban algodón e inventaban una de las músicas populares más potentes del planeta. Por la radio, en el mejor de los casos, sonaba Nirvana. No había jazz en la familia ni instrumentos musicales, ni nada. Sin embargo, cuando se chocó con Duke Ellington, dice, todo se hizo tan claro, dice, tan obvio. El Duke estaba ahí esperando, en la esquina más improbable de Bahía Blanca, doblada por el viento eterno. Debería buscar cuatro o cinco ejemplos así, incluso de algunos famosos que siempre venden. Y escribir todo esto antes de las 6 de la tarde. Porque viene el cierre. O el tornado. En todo caso, en este momento me significan lo mismo. El mundo se abate sobre nosotros. Cae la tarde que era amarilla y ahora es negra. No sé por qué me gusta tanto.

Comentar

Copyright © 2012 Osvaldo Bazan Todos los derechos reservados.
Desk Mess Mirrored v1.4.3.1 Diseño por WDStudio.com.ar.