Contratapa. Desde la reposera. 29/01/10
(Por Osvaldo Bazán)
Desde la reposera, lo único que se ve es la casa abandonada. En realidad, con un poco de voluntad, podrían verse otras cosas: la evidente despreocupación del río Capitán en día de semana transcurriendo a lo lejos; la fila de casuarinas inmóviles porque “no corre una gota de aire”; el arroyo como trinchera pacífica de las pequeñas embarcaciones de colores fuertes y nombres de mujer; los patos lanzándose al agua con esa torpeza congénita que resulta tan simpática; la cabaña prolija de los de enfrente, prolijos ellos, que estarán días y días intentando poner un farolito prolijo en el parque impecable y no lo conseguirán, porque la prolijidad tiene sus mañas; el muchacho con botas de la bordeadora que tiene trabajo todo a lo largo del arroyo y aprovecha el día de semana para mantener los jardines que se pisotearán el domingo; el vuelo conjunto de dos torcacitas; la vecina gorda en bikini que pasa en suave balanceo hacia el río, desentendida total de la distancia que la separa de la Garota de Ipanema. Se podrían ver muchas cosas desde la reposera. Pero así como está, lo que se ve es la casa abandonada porque no hay voluntad para dar vuelta la reposera. En el Delta del Tigre, la reposera, como cayó, quedó. Vos, como caíste, quedaste. Es “el mal del sauce”, una sensación corpórea que te toma por entero y te impide cualquier movimiento. Una especie de antiestrés ciudadano, un tratamiento de shock de inmovilidad que ocurre a locales y visitantes a poco de bajar de la Interisleña. Todo lo que en la ciudad te hace mover, ir, venir, cruzar y cruzarte los cables, en el Delta del Tigre no ocurre. Si te fumás todo bien, pero no hace falta. Ya estás adentro del porro, en las islas sos un cogollo al sol, quemás bien. Es el sauce que te envuelve y no permite siquiera que des vuelta la reposera. Como cayó, quedó. En casos graves de “mal del sauce” te vas, simplemente, quedando y ya no salís más de las islas.
También es cierto que afirmar que desde la reposera lo que se ve es la casa abandonada es un exceso de optimismo, una fe inconmensurable en los sentidos. La construcción recién aparece detrás de las casuarinas, los ficus disciplinados y los fresnos, tapada casi por un sauce de melena eléctrica y los yuyos desmedidos, las hortensias de rigor y un frenesí verde que emborracha; cubierta, la casa abandonada, por culandrillos exuberantes, helechos tropicales, ramas y hojas que parecen querer protegerla del olvido.
Pero no lo consiguen.
Es casi una propaganda de la Argentina Potencia, la casa abandonada. Tiene la presencia, los materiales y las formas de la época en que se pensaba la Argentina como algo del futuro, cuando no hacía falta que viniera el capo de la mafia a decirnos que nuestra condena era el éxito. Cuando el éxito era lo que amanecía en el sol del 25. Está revestida con listones de madera a los que se les ven los ojos marrones oscuros, un techo inclinado desvencijado, la puerta de madera maciza y pegado a la puerta, un vidrio cuyo nombre desconozco. Intento desentrañar si ese vidrio tiene un nombre y en ese caso, si lo conozco y lo olvidé. O si en realidad nunca lo supe. O si no lo tiene. Me doy por vencido en sólo media hora, porque la isla me ha sacado también algo de testarudez. Sólo logro recordar que en mi casa de infancia también había ese vidrio al lado de la puerta. Un vidrio azul, creo recordar que le decían “inglés”, que no permitía ver pero sí dejaba pasar la luz. Enrejado, el vidrio. Las persianas de madera, con algunos dientes rotos. La casa abandonada es un misterio en la isla. O al menos es el módico misterio que enfoca mi reposera inmóvil. Es también la ascensión, el apogeo y la caída de un deseo individual. Demasiado importante para ser dejado a merced de los culandrillos y las casuarinas.
Hubo un momento en que los dueños de la casa propaganda de la Argentina Potencia decidieron construirla. Se miraron –quizás hayan estado en una reposera invariable, como yo ahora– y se dijeron: “¿Y si nos hacemos una casita en el Tigre?”. Hacer una casita en la isla es un deseo que rankea al nivel de poner un barcito en la playa y mandar todo al diablo, instante en que uno no tiene en cuenta que nunca podrá mandar del todo al diablo al distribuidor de bebidas y su camión que no llega, al que arregla la heladera y no la arregla, a los turistas maleducados y prepotentes. El problema –pienso como si mi único problema real ahora no fuera que el de la bordeadora no me deja dormir– es que uno pocas veces suele estar a la altura de sus deseos. Uno se hace la película y después se queda sin el crédito del INCAA. Uno se quiere tirar a la pileta, pero Charly García hay uno solo. Uno se protege demasiado de uno mismo, y anda con excusas a mano para justificarse. Uno tarda en entender que es menos listo, menos enérgico y me n o s dispuesto que lo que su deseo le exige. Los dueños de la casa abandonada tardaron años en aceptarlo. Pensaron que iban a poder, que primero los pilotes de cemento de la construcción, unos dos metros de altura previendo sudestadas, y después sí, la casa como chalecito de la Argentina Potencia, con su juego de sillones, sus vasos psicodélicos, sus lámparas de plástico. Y más tarde, porque encima éstos tuvieron un deseo en cuotas, le agregaron una habitación más, una especie de casa sobre la casa, a la que se accedía por una escalera caracol externa que ya está irremediablemente oxidada. “Oxidada mal”, como se dice ahora para decir que algo está bien oxidado. Y más tarde, los optimistas de los 70, cuando ya se sintieron dueños del deseo, cuando pensaron que habían domado al destino, construyeron, frutilla salvaje de la isla, el quincho al fondo, con la parrilla y la mesa de cemento y los bancos fijos para doce personas, no podían ser más obvios para los simbolismos. Seguramente no supieron, cuando estaba ocurriendo, que ésa era la última cena. El último asado. ¿Fueron todos Judas de su propio deseo? El vacío nunca fue tan vacío y entonces no hubo más.
Los días en el Tigre están, sí, fuera del tiempo sólo marcado por la lancha almacén que pasa “a eso de la una” con las provisiones necesarias: agua, frutas, carbón. No hay desembarcos mediáticos, peleas de vedetongas ni promociones de celulares ni chicas flúo publicitando la última laptop. Edenor destrata a los isleños que suelen pasar uno o dos días sin electricidad y a nadie le importa realmente. La Interisleña continúa con sus lanchas peronistas de la década del 40 y no hay poder municipal que consiga modernizarlas. O que al menos lo intente. Los presagios son agoreros. Alguien está construyendo algo que seguramente bajará la calidad de vida de isleños y soñadores. Pienso, en mi invariable reposera, en la última vez que estuve en Cariló, el mismo verde, distintos deseos. Por esas callecitas comerciales entre las casuarinas y las construcciones de Disney, llenas de señoras que le echan la culpa a Cristina hasta de su celulitis, vi azorado –porque los deseos ajenos son incomprensibles– enormes plasmas que publicitaban ¡grifería de alta gama! Y las señoras, enojadas con Cristina porque tiene carteras mejores que ellas, pasan sus vacaciones de plasma en plasma, de alta gama en alta gama. Y los maridos hacen negocios por ahí.
Eso no pasa en el Delta del Tigre, donde una familia un día supo que no estaba a la altura de su deseo. Lo desintegró y se evaporó lo que alguna vez fue tan claro. Y vinieron los yuyos, las ramas, la mugre de la desidia. Miro desde la reposera inconmovible y si pudiese ver en cámara rápida sería testigo del momento en que otra familia, para la que el deseo es un lujo ajeno, rompe el vidrio ese que no sé qué nombre tiene y ejerce su derecho constitucional a una vivienda digna. Pero mi reposera es inmóvil. Y yo también.

Gracias Roxana, pero no tengo cómo ayudarte con la casa, escribí la nota e añño pasado y la verdad, no me acuerdo dónde quedaba la casa! Saludos.