Contratapa. Desde Atenas 12/02/10
Por televisión están pasando imágenes de Atenas. Finalmente, la que venía esperando, se armó. Desde mi sillón veo las caras, las consignas. ¿Conocés la frase: “Una imagen vale más que mil palabras”? Bueno, es mentira. No sé si esa afirmación será nada más que una conspiración de fotógrafos o qué, pero lo cierto es que al valor revulsivo de una palabra, cuando es verdadera, no hay con qué darle.
Podríamos comenzar por ejemplos concretos. Cuando te dicen “Sí” o cuando te dicen “No”. ¿Qué imagen supera eso?
Conozco a Atenas tan bien como a Buenos Aires.
Es como si hubiera convivido con esos casi cuatro millones de personas que adoran comer souvlaquias. Algunos, los obreros peor pagos, habitan lugares como la calle Akrita, esa que no mide más de tres metros de ancho, que cuando te asomás tenés necesariamente que hablar con tu vecino, y que cuando lo hacés seguro que se cuela algún comentario racista sobre los albaneses (los bolivianos griegos). Podría salir de la ciudad en un Fiat 125 Mirafiori una noche de éstas por la avenida Atenas, toda oscura, sólo iluminada por los potentes focos de las concesionarias de auto. Podría ser uno de los cuatro millones de atenienses que a esta hora se refugian del frío espantoso en alguna de las tres líneas del subte. Y seguramente insultan al gobierno porque la cuarta línea prometida no aparece. Otros cruzan rápido la plaza Syndagma, quizá para llegar a la estación de tranvías, que sale desde ahí. Hay todavía dos líneas de tranvías en Atenas. Desde la plaza corren paralelas hasta la costa, hasta Paleo Fario, donde se bifurcan, a este y oeste.
No puedo decir que nunca estuve en Atenas. Aunque nunca haya estado.
Seguro que las manifestaciones tomaron por la avenida Reina Sofía hasta el Ministerio de Economía, en la plaza Syndagma. No lo vi en la imagen, pero apuesto a que fue así, como siempre. Con los cortes ahí la ciudad se vuelve infumable. Y eso que faltan unos meses todavía para que sople fiero el meltemi.
Me doy cuenta de que sabía que iba a venir esta crisis a Grecia, sin haberme puesto a estudiar ni de lejos ninguna de las variables que llevaron a esto.
Sé de economía internacional lo que sabe cualquier persona medianamente informada que lee los diarios: casi nada. Mis colegas de la sección insisten en explicarme, pero a la segunda tasa LIBOR me pierdo y pienso en el centro olímpico de Farilos, donde estaba el puerto olímpico: ese campo, que captó la atención mundial hace sólo cuatro años y en el que hoy ya casi no queda nada excepto un montón de bolsitas de plástico de todos los supermercados de la ciudad –el Vasilópulos, el Sklavenitis, el Marinópulos y, claro, el Carrefour– que el viento amontona y nadie recoge. En realidad, es lo único que no se llevaron del lugar, todo lo que era desatornillable y móvil, ya fue robado. Los yuyos invadieron hasta los vestuarios y sólo un montón de albaneses duermen en el piso. Los atenienses les echan la culpa del descalabro a los albaneses. Los albaneses casi ni hablan, pero ellos no robaron nada. Están muertos de miedo.
Nunca estuve en Atenas. Pero no puedo decir que nunca estuve en Atenas.
“¿Cómo es que, sin haber estado nunca en Grecia ni entender de economía internacional, sabía lo que iba a pasar en la economía griega?”, me pregunto mientras a un tiempo Zlotnik y toda la sección Economía del diario intentan explicarme y no lo consiguen –no por ellos, que son tan claros; es por mí–.
Y me respondo: porque una imagen no vale lo mismo que mil palabras.
Estuve en Atenas desde el año pasado sin haber estado jamás ahí. Me llevó allí Petros Márkaris, un desconocido con quien pasé horas inolvidables.
Petros Márkaris en realidad nació en Estambul en 1937. Estudió en Europa occidental y en 1965 se mudó a Atenas, donde vive desde entonces. Colaboró con el director griego Theo Angelopoulos en películas como La mirada de Ulises o La eternidad y un día. Escribió para cine y para televisión, pero su principal trabajo –el que nos hizo amigos sin que él lo sepa– es la serie de libros sobre el comisario Kostas Jaritos, mi amigo. Una serie de historias de policial negro que si no son más populares en la Argentina es porque el éxito literario no tiene nada que ver con la justicia.
Las aventuras de Jaritos transcurren en Atenas, aunque en “Defensa cerrada” se traslada a una de las islas del mar Egeo (como si nosotros fuésemos a Villa Carlos Paz) y en “Muerte en Estambul” va a la capital turca (un viaje a Montevideo, para nosotros). Con Márkaris/Jaritos y Atenas tuve la misma confirmación que viendo la noticia en televisión: una palabra vale por mil imágenes.
La respuesta, amigos, está en la literatura.
Alguien, alguno de los más expresivos entre los miembros de la tribu, cuenta las historias de la historia. Lejos, en tiempo y espacio, recibimos esas historias. Y el mundo se nos presenta como lo que es, una invención fantástica.
He acompañado a Jaritos en cada una de sus aventuras por las calles de Atenas. Sabía de las subvenciones agrícolas de la Comunidad Económica Europa porque el cuñado de Jaritos recibió mucho dinero. Y cómo quedaron cuando terminaron, también. Sé, por Jaritos, que la globalización, como en todas partes, es una realidad aplastante. No por nada se queja de que ya es imposible tomar un café griego auténtico en su ciudad: “Ahora es como nosotros: griego ma non troppo”, dijo, y me aclaró todo.
Jaritos, mi amigo ateniense, me ha llevado por cada calle de Atenas y me hizo entender que somos todos iguales. Que nos causan miedo las mismas cosas, que nos ofendemos y nos entusiasmamos más o menos por lo mismo. Que estamos fechados en 2010, y eso nos hace en un punto, hermanos.
Jaritos, mi amigo ateniense, me ha llevado por cada calle de Atenas y me hizo entender que somos todos iguales. Que nos causan miedo las mismas cosas, que nos ofendemos y nos entusiasmamos más o menos por lo mismo. Que estamos fechados en 2010, y eso nos hace en un punto, hermanos.
Jaritos no lo sabe, pero es porteño. Mira asombrado ese mundo nuevo que se escribe en inglés: no lo combate, tampoco la auspicia. Ya cambió sus viejas rosquillas de pan por cruasanes, a la moda francesa. Todavía resiste con las souvlaquias, pero sabe que en cualquier momento se las venderán con ketchup. Mira, nomás, esos cambios vertiginosos. Sabe que nada volverá a ser como antes. Pero sabe también que antes no era tan bueno, aunque se mienta. Jaritos aguanta la estupidez que lo rodea y contribuye a la vez con algo de estupidez propia. Tiene algunos ideales, algunos principios, y cada vez le cuesta más resignarlos. Aunque puede negociar. Jaritos, simplemente, se siente atropellado por toda la basura –literal– que lo rodea y ni sospecha que, peleando con un camionero por un piquete, es lo más parecido a un porteño 2010.
No hacía falta ser analista en economía internacional para saber que Grecia se estaba quedando afuera.
Bastaba con oír el diálogo que tuvo con su compañero:
“–Ahora me fijo que no se trata de una colina, sino de una montaña de bolsas, cajas de verdura, cartones de pizzas, huesos roídos por los perros, espinas relamidas por los gatos y envases plateados de comida a domicilio. En la cima de la montaña, allí donde la capilla Likabetto domina el paisaje, se extiende un colchón destartalado; será para montañeros en busca de reposo.
–¿Qué pasa? ¿Hay huelga de basureros? –preguntó.
–¿De dónde vienes? ¿De la Comunidad Económica Europea?
–No, he estado de vacaciones.
–Bienvenido a Atenas –dice y me da la espalda.”
Los economistas no leen literatura. No creen en novelistas.
El diario de ayer decía lo que ya los amigos de Jaritos sabíamos que iba a decir:
“El martes último, el Ejecutivo heleno anunció un plan de ajuste cuatrienal para su economía, que incluye congelamiento salarial, suba de impuestos, suspensión de contrataciones estatales y aumento de la edad de la jubilación. Con ese plan, Papandreu espera reducir el déficit fiscal desde el actual 12% al 3% en los próximos cuatro años. Los recortes fueron repudiados y los sindicatos se manifestaron el miércoles en las calles de Atenas”.
Sin saber nada de economía internacional, en el Mirafiori de Jaritos, yendo despacio hacia un bar de la plaza Kesariní, justo atrás de la iglesia, a comer unos salmonetes, unos boquerones marinados y algunos pescaditos fritos, le pregunto a mi amigo ateniense si ya sabe cuándo vendrá el helicóptero que se lleve a Papandreu.
Me pregunta cómo sé que es eso lo que va a ocurrir.
–Esta película ya la vi, Jaritos –digo y nos reímos.
Creo que mejor me pido una souvlaquia.
Sin ketchup.