Contratapa. Abrazar a Chile. 12/03/10
Durante más de un año, la enorme última “L” del cartel del Festival en Homenaje a la Solidaridad Latinoamericana me acompañó, de pensión en pensión, de casa de amigos a habitación de hotel barato. Era un trofeo que no pensaba resignar tan fácilmente, por más que la humedad de la tarde del 16 de mayo de 1982, por más que las sospechas que envolvieron el encuentro, por más que la guerra que fue ese monstruo grande y pisó tan fuerte. Fue mi primer gran recital, venía del pueblito olvidado, vivía en La Plata y con los compañeros del primer año de periodismo –esos que ahora aparecen por facebook para recordar qué jóvenes fuimos– nos vinimos en el Roca. Hasta ese momento, yo pensaba que Charly García, Spinetta o Gieco no eran personas, eran sólo casetes que se enredaban y había que rebobinar con una Bic. No estaba seguro de que los músicos que salían del Crown tuviesen mayor corporalidad que el Correcaminos o la Pantera Rosa. O menos aún, porque raramente aparecían por televisión. Y ahí estaban –casi– todos. Aquellos tres más Edelmiro Molinari, Cantilo/Durietz, Dulces 16 con Pappo, Litto Nebbia, Lebón, Porchetto, Moro, Rada. Era la música y éramos nosotros, y todos estábamos confundidos, estábamos desordenados, estábamos ansiosos y enojados y mansos. Se gritaba: “Se va a acabar la dictadura militar” y se gritaba “El que no salta es un inglés”, aunque desde el escenario todo el tiempo se hablara contra la guerra. La lluvia tenue en las canchas de rugby de Obras nos hacía pensar en esos pibes de nuestra edad que estaban allá, que quizá también cantaran “El fantasma de Canterville”, pibes para los que “Rasguña las piedras” adquiría un sentido más brutal, más concreto, más final.
Cuando todo terminó, cuando ya lloramos, cuando ya se iban, me acerqué hasta el escenario y despegué la “L”, la primera letra de “latinoamericana”que –debo decirlo– estaba un poco caída. No fue fácil llevarla de regreso en el Roca. Era alta como yo, pero no muy pesada.
Nos fuimos, como todos, tarareando: “Algo de paz, algo de paz, uy, vida”.
Ocho años más tarde, 350 kilómetros al norte de la escena anterior, el Pelado, para quien Chile había sido al mismo tiempo un paraíso, una salida, un refugio necesario en momentos en que te quedás desamparado en medio de la vida, me dijo, ya entrada la madrugada: “¿Y si vamos?”. Estábamos en la edad en que esas cosas eran posibles, no teníamos un peso ni una responsabilidad y sólo faltaban tres días para el recital de Amnesty del otro lado de la cordillera. Fuimos a Santiago de Chile desde Rosario sin saber cómo hacerlo; sólo fue casualidad que hubiéramos llegado a Mendoza diez minutos antes de que saliera el último micro hacia Santiago; litoraleños como éramos, nunca se nos hubiera ocurrido que después de las dos de la tarde no se podía cruzar la cordillera. Tampoco sabíamos que los 19 años de Nico eran un problema si el muchacho –en aquel momento, algo así como mi otra mitad– quería salir del país y no contaba con un permiso de sus padres –¿qué íbamos a tener permiso para cruzar la frontera si sus padres odiaban hasta la idea de que nos viéramos?–. El tipo de la aduana, ahí arriba, en el paso entre los dos países, nos miró y nos dijo: “No te puedo dejar acá arriba, no tenés cómo volverte. Pasá, pero más vale que en dos días estés de vuelta”.
Excepto el Pelado, ninguno de nosotros había estado en Chile y lo único que teníamos era un mapita casero hecho sobre una servilleta de La Buena Medida con una crucecita que marcaba la casa de Margot, en la barriada de Peñalolén. La liebre –una especie de combi con un señor que, parado en el estribo, gritaba hacia dónde iba– seguía prolijamente el recorrido de nuestra servilleta, por la avenida Grecia. En un aciago momento, el señor del estribo se dirigió a nosotros, dijo algo que nos sonó como “Vicuña Mckenna”, y empezó el desconcierto. La liebre se apartó de la avenida que, se suponía, nos dejaría a tres cuadras de donde íbamos y empezó a dar unas vueltas por unas calles que no figuraban en nuestro módico croquis. Finalmente, volvió a la avenida Grecia y ahí, Coki Debernardi –actual líder de los Killer Burritos y ladero de Fito Páez, en aquel momento, intrépido compañero de viaje– respiró.
Llegamos a la población de Peñalolén a la tardecita.
El Pelado era amigo de Cheché, dibujante chileno exiliado en Rosario, que nos ofrecía la casa de su madre, Margot, para que nos quedáramos allí. La casa era humilde y digna y bella y fuerte, como Margot. Nunca tuve un anfitrión más gentil, nunca me sentí tan en casa, nunca nadie se tomó las molestias de Margot para con los cuatro amigos del amigo de su hijo. Nosotros, jóvenes de clase media, ilustrados y argentinos, no habíamos estado nunca en una casa sin heladera. Margot nos acomodó a todos en su pequeño hogar y se fue a dormir a lo de una vecina. Pero se fue tarde, antes nos contó de las madrugadas en que los pacos de Pinochet habían sacado a la gente de la Población a la calle, casi desnuda, en invierno, y la hacía formar y se llevaban a dos, a cinco, a diez. Margot contaba las estrategias de la resistencia, los mensajes ocultos, la vida a pesar de todo.
A la tarde siguiente, nos esperaba una merienda de reyes, “el once” como le dicen por allá, con cecinas, gaseosas y exquisiteces que hacía meses no entraban en esa casa. Las compró por nosotros, por los argentinos amigos de su hijo. Y al día siguiente hubo un asado, un lujo imposible. Podría no haber visto a Peter Gabriel, a Sting, a Blades o a Sinead O’Connor en el Estadio Nacional, el viaje hubiera valido la pena igual. Margot fue el mejor Chile posible.
Después vino la democracia y vinieron algunos gobiernos progresistas y la población de Peñalolén mejoró, y mucho, y todos construyeron y Margot tuvo heladera, me cuenta ahora el Pelado y recuerdo esos ojos dulces, los más dulces que haya visto.
Con el terremoto, a Margot se le cayó la parte nueva de la casa, el trabajo de estos años. Todo a lo largo de la avenida Grecia, esa que nos había tranquilizado que la liebre retomara en su momento, se abrió una grieta y cayeron casas y construcciones. Están reconstruyendo ahora mismo, ahí, a tres cuadras de la casa de Margot, que está viendo cómo volver a levantar esas paredes. En cualquier momento le aparecen visitas y quiere tener comodidades para ofrecer.
Hoy, en un rato, un grupo de exitosos músicos argentinos se encontrarán con su público con la excusa de la música y el objetivo de recolectar donaciones para aquella gente que, como Margot, perdió casi todo menos la fuerza. León Gieco fue claro en la conferencia de prensa al dirigirse a “los fachos de internet”. Dijo: “Ellos preguntan en los blogs cómo es que estamos ayudando a los chilenos si ellos cedieron las islas para la guerra de Malvinas, y yo respondo que esa determinación no la tomó el pueblo chileno, la tomó un dictador genocida y ladrón como fue Augusto Pinochet. Comparar al pueblo chileno con Pinochet es como compararnos a nosotros con Videla”.
No sé en qué pensión platense habrá quedado la “L” de la “solidaridad latinoamericana” de 1982. Lo más probable es que haya desaparecido hace años. Sí sé que hablar de chilenos o argentinos o lo que fuere suena bastante estúpido si conociste a alguna Margot. Habrá que suspender el cinismo por un rato, habrá que guardarse la ironía. Ahora no hay tiempo para esos lujitos. Es el momento de abrazar a Chile.