La canción de los peces que le ladran a la luna.
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Sobre La canción de los peces que le ladran a la luna.
Es bastante claro que no andaba demasiado contento con el mundo cuando lo escribí. Con el tiempo me dí cuenta que estaba hablando del menemismo, de lo que esa década infame hizo en nosotros. Pero también de las cosas que se terminaban, del fuego, del pensamiento unidireccional. Es la primera novela que escribí, aunque fue la tercera que se publicó. La comencé en Rosario -de hecho, jibarizando algunas contratapas que hacía los sábados para Rosario/12- y la terminé en Buenos Aires. Es la que menos repercusión ha tenido. Es la más pobrecita, sin la simpatía de “Y un día Nico se fue”, ni la ambición de “La más maravillosa música”. Pero curiosamente, quizás sea la que me salió de algún lugar más profundo. Ahora le veo algunas imperfecciones, pero son los personajes que más quiero de todos los que escribí.
Capítulo 15
A su manera el Ñoca era un luchador. Cuando nació no hubo nadie esperándolo y la vida se encargaba de decirle tres o cuatro veces al mes que seguía sin necesitarlo; que a veces los mejores polvos engendran los peores hijos; que es bueno tener padres a mano para no estar obligado a cargar –solo y sin ayudas- la culpa, la piedra sobre la que está construida nuestra iglesia.
Nunca fue importante para nadie por eso tuvo que aprender a respetarse solo. Y esa era su lucha. Salir del limbo en donde pasaba las horas rodeado de las almas de los justos que esperaban la llega del Mesías. Jugaba a veces con esas almas pero no compartía la espera. No había otro Mesías para el Ñoca más que él mismo y lo intuyó muy temprano.
Salir del limbo. Salir de la tierra de nadie. Salir.
El Ñoca sabía que estaba viajando pero no había comprado el boleto o lo había perdido y los carteles de las estaciones pasaban demasiado rápido por las ventanillas. Imposible ubicarse. Una luz cruzando el campo en medio de la noche. Nombres indiferenciados de pueblos perdidos en vías de extinción. Nombres de héroes de la Campaña del Desierto. Nombres raros. Y no sabía por qué viajaba. En la tensión entre la urgencia por salir y la ignorancia sobre los motivos del viaje, en el péndulo entre respetarse y que todo le diera igual, colgaba la vida del Ñoca. Y luchaba.
Y en esa lucha había derribado a unos cuántos enemigos: recuerdos alegres, una madre insignificante, la noche con sus ejércitos aliados, el dolor de estar siempre en la cola de los sueños, un hígado demasiado humano. Todos fueron cayendo tarde o temprano ante la mirada profunda, la voz amarga, la presencia increíblemente intimidatoria del flaquito de pelo largo. Sin embargo había dos rivales potentes a los que no se animaba a enfrentar. Dos rivales que siempre conseguían hacerlo huir y lo hundían en su propio cero. Uno era el desvelo, la puerta cerrada al país del sueño, la obligación de estar vivo y consciente. El otro era el sol, ese misterio incandescente que brillaba por todos lados, iluminando las cosas que era mejor que permanecieran ocultas. Puede parecer lo mismo: el deber de tener los ojos abiertos ante lo que se ve; no poder cerrarlos; no poder suponer que nada existe excepto lo que se desea. Esa tarde demasiado cruel los dos rivales se habían unido para hacer del Ñoca un pedazo de dolor, un músculo tenso cortado por una yilé desafilada.
-Laura era antes…ahora es el insomnio –pensó el Ñoca mientras caminaba por la enorme plaza seca que se asomaba con su balcón sobre el río brillante como los ojos del pez antes de morir. El sol abrasador de las tres de la tarde de enero se le iba entrando en el cuerpo y la sensación era de las peores que el Ñoca podía imaginar:
-¡Qué imbécil es la ciudad a esta hora! –pensó.
Miraba el río y volvió a sus pensamientos ya cansados de que siempre los usasen para lo mismo: hundir a su dueño un poco más.
-Laura era antes…ahora es el insomnio…
De golpe lo vio. Era raro el tipo. Tenía unos cincuenta años. De lejos se notaba que estaba perdido. Un gorro anacrónico, pantalones verde agua, camisa marrón claro, una campera celeste desteñida. Triste, de lejos. La máquina de fotos, la mochila sucia y un increíble asombro frente a los datos cotidianos lo delataban como un turista. Le pareció un boliviano rubio o un peruano hijo de vikingos. Cruza rara. No cerraba. Un turista en la ciudad en pleno enero vestido como para un otoño cruel. No tardó mucho el tipo en notar que el Ñoca lo estaba mirando y se fue derecho hacia él con una sonrisa y una mano en algo. Cualquiera que haya visto alguna película con indios podía notar que el tipo iba en son de paz.
El Ñoca escuchó de golpe la vieja máquina de coser de los vecinos de la pensión. Era el tipo este que le hablaba en una cosa rara, un idioma insospechado. Lo primero fue fácil: le daba la cámara, quería una foto con el fondo del río y las islas. Le pareció entender que el tipo decía que todo era grande. Le sacó la foto, le devolvió la máquina y miró al piso de baldosas rojas rápido, no tenía ganas de seguir hablando. El tipo no entendió la indirecta y se quedó ahí mirándolo con cara de turista y sonrisa de perrito. Empezó a buscar en su mochila y sacó un libro viejo deshojado, se lo ofreció al Ñoca siempre sin dejar de sonreír y sonar como la máquina de coser. No pudo menos que tomarlo. Era un diccionario bilingüe máquina de coser-castellano, castellano-máquina de coser.
Una hora le llevó al Ñoca saber que el tipo era checo, que era ingeniero metalúrgico, que estaba de vacaciones y pensaba pasar dos meses en el país. El viaje según pudo deducir en medio de los crujidos que –el checo aseguraba- eran palabras , había sido planeado entre él su esposa, pero un accidente de último momento con una de sus tres hijas hizo que el tipo se viniera solo. Le mostró al Ñoca la foto de la esposa con las tres hijas. Blanca, muy blancas; flacas, muy flacas; tristes, muy tristes. Por qué había elegido el país para su viaje es algo que el Ñoca no pudo saber. Sí en cambio entendió por qué había llegado hasta la ciudad que no era turística. El tipo no quería conocer los lugares de los folletos. No quería playas, lagos o montañas. Él quería conocer ciudades con historia. Se fueron pasado el diccionario durante un rato largo buscando las palabras, señalándolas.
Cuando esos ruidos que el checo producía se le hicieron más familiares el Ñoca empezó a sentirse un poco mejor. Hicieron algunas bromas que mutuamente no entendieron, se rieron del sol y de la ropa del turista que sacó de la mochila una latita de gaseosa hirviendo y la tomó con gusto invitando al Ñoca, que se excusó vigorosamente. El checo siguió revolviendo en su mochila y sacó un revólver. Un pequeño revólver. El Ñoca se sorprendió cuando el checo se lo llevó a la sien y gatillo.
Pero no hubo ruido, no hubo sangre, no hubo un checo menos.
-Juguiete…-dijo el checo y rió-, defensa turista, juguiete…
Y rieron los dos.
Hubo un poco más de charla, pero tardó un rato el Ñoca en entender que el tipo quería saber cómo se pronunciaba algo. Estaba obsesionado por la palabra “mañana”. La decía despacio, separando las sílabas, enredándose en la “ñ”. “Ma-ne-a-na”, decía el checo y ponía cara de masticar chicles. Preguntó exhaustivamente por su significado. La tradujo pero para el Ñoca seguía sonando la máquina de coser. Finalmente le aseguró –al menos eso creó el Ñoca- que ahí estaba lo que había venido a buscar a estar tierras que unos meses antes no podría haber ubicado en el planisferio.
-Mañana…
-Nosotros, checos, no hablamos de meneana. Nosotros ya no tenemos maneana, tenemos aier –repetía el ingeniero-. Lindo lugar, ustedes argientinos hablan de maneada. Lindo lugar…
El checo se iba con su asombro por maneana y las fotos del río. Como a doscientos metros se dio vuelta, saludó con la mano sin dejar de sonreír. El Ñoca lo miró, sonrió y levantó también su mano.
-Laura es antes…ahora es el insomnio…-siguió pensando el Ñoca, pero como una piedra en el zapato el checo le había dejado una duda que nunca antes había tenido. Sacó el arma de juguete del bolsillo del pantalón, la metió en su boca y disparó.
El sol y el insomnio habían ganado una vez más.
-Maneana –dijo el Ñoca y cayó al piso.
Notas periodisticas
- gdirrkikdnk9n
- clarin
- critica


Guauuu solo lei de vos historia de la… paero nada mas, esto si queesta bueno voy a ver si lo consigo y termino de leer. Un abrazo
Genial!!! Ahora quiero el libro!!!
Excelente libro!!!… Aunque te voy a admitir que me gusto más “un dia Nico se fue”, nose si sera porque fue el primer libro tuyo que leí o porque me identifique muchisimo con la historia!!!… Lo lei muchas veces además de por la historía por la persona que me lo regalo… Solo queria molestarte con una pregunta… Esta basado en un hecho verídico??…
Un abrozo y gracias por regalarnos un historia asi!
Estoy leyendo el libro y me atrapa mucho. Es una escritura diferente, un poco complicada para mi que soy italiana, pero quizas por eso me interesa mas. Cada dia espero con ansiedad los 10/20 minutos de metro -los unicos en que puedo leer- para saber que tal estan Vil, Noca y Laura y..Osvaldo, que aparece y desaparece, como sacandose de la vista de vez en cuando.
Me gusta mucho, faltan pocas paginas, se que los voy a extranar a estos tipos medios locos cuando terminaré!
He terminado el libro.
Con esta lectora conseguistes lo que tal vez era la consigna: hacerle sufrir a quien leia, por lo menos una pequena cantidad de lo que dolias vos. Y el momento en que lo escribistes, vos mismo dices que no era de los mas felices de tu vida. Se nota. Durante todo el cuento, pero…Dios mio, el final!
Final sin “maneana”, de vida que muere, y sin “antes”, de vida que no fue vivida.
Lo conseguistes. Por el tramite del dolor sin causa de los desheredados de tu cuento, del dolor de los inocentes, que mas me hizo sufrir a mi, compartì tu dolor. Y quizas nos conoscimos un poco, como se conosce al companero de una guerra en trinchera, de un robo a mano armada con terror y muertos.
veo que mis comentarios no han sido publicados…lo lamento. Algo no era correcto? me encantaria si me explicara porque. mi email la tienes…gracias
aburrido
querido osvaldo me suena familiar tu novela !
contame si la flasheo o na?
abrazo nico.
Desde hace mucho tiempo venía buscando “Y un día Nico se fue”, no lo habia podido encontrar, hasta que en la feria del libro de este año 2011 mi novio lo halló. Gracias por contar su historia, su libro me hizo reir, me emocionó por momentos… creo que no lo leí , sino más bien lo consumí como nunca lo habia hecho con otra obra. Ahora, he comenzado a buscar sus otros libros, gracias por devolverme esas ganas de leer. Un abrazo grande Osvaldo.